del Profr. Arturo Rosales Toledo

¡Gracias por tu legado!

¡Gracias por tu ejemplo de vida!

¡Gracias por tus enseñanzas!

¡Gracias por dejarnos tus recuerdos!

¡Gracias por enseñarnos a vivir!

¡Gracias por tu apoyo!

¡Gracias por tu sabiduría!

¡Gracias por tu ejemplo de vida!

¡Gracias por sus esfuerzos!

¡Gracias por mostrarnos el mundo!

¡Gracias por enseñarnos tu solidaridad!

¡Gracias por motivarnos a crecer!


septiembre 08, 2026

Era un pequeño lomito marrón claro, inquieto, de apariencia mestiza y grifón, de pelo revuelto, orejas caídas y sus ojos nobles que parecían decir que su misión de vida fue: querer a su amo y dejarse querer. Se llamaba Ja-Chico.

Su tierna apariencia conquistó el corazón de su madrina Lizbeth y fue ella quien lo salvó de un destino que parecía ya escrito. Algún día de 2010 lo vio hacinado en un cajón entre otros pequeños cachorritos que un desalmado revendedor mantenía allí para comerciar en la calle. Ella no quiso irse y olvidarlo, por eso regresó decidida a traerlo. Lo tomó entre sus brazos protegiéndolo y después lo llevó consigo hasta aquella casa donde, sin saberlo, Ja-Chico encontraría algo mucho más grande que un refugio: encontraría una familia.



Durante dieciséis años anduvo de arriba a abajo en aquella casa, que desde entonces fue su hogar. Conoció cada uno de sus pisos, recorrió sus habitaciones, durmió en sus rincones favoritos y aprendió los sonidos de cada hora del día. Al anochecer, esperaba la llegada de los demás junto a la puerta o acurrucado en el sofá de la sala. Y así, con el paso de los años, aprendió algo que para una mascota quizá sea una de las formas más puras de conocer el mundo: cada voz tenía un nombre, y cada nombre significaba algo. Una voz traía saludos; otra, abrazos; alguna más, una caricia. Y casi todas, tarde o temprano, significaban alimento. Aquella casa de la familia Rosales Reyes dejó de ser simplemente el lugar donde vivía. Se convirtió en su mundo feliz.

Lamentablemente desde hace pocos años Ja-Chico ya no era el mismo. La vejez había desactivado parte de su movilidad, también limitó su mirada y confundía sus recuerdos, pero todavía reconocía a Churys, a Cachis, a Pekita, y especialmente a Glorita, de quien se había convertido en su acompañante permanente. También sabía quiénes eran Ody y Mazapán y, aunque con Nupy y Caramelo nunca llevó muy bien las cosas, también los reconocía.

Pero había alguien a quien Ja-Chico seguía buscando. Alguien que faltaba en su mundo: el profesor Arturo. Hacía seis años que no lo veía. Quizá su memoria de mascota nunca pudo contestarle solamente dos preguntas:

—¿Dónde esta? 
—¿Por qué no lo veo?

Pero algo dentro de Ja-Chico se resistía a olvidarlo. Algunas mañanas parecía quedarse quieto, mirando hacia un lugar de la casa, como si esperara que de pronto apareciera aquella figura que durante tantos años había formado parte de su vida.

Recordaba las mañanas al despertar, bajaba a la cocina, ahí  la profesora Gloria estaba junto a la estufa preparando el desayuno y el profesor Arturo se sentaba a la mesa con su taza de café, su atole, su arroz o cualquier cosa deliciosa que hubiera preparado ese día.

Entonces sucedía lo de siempre. El profesor servía su plato, tomaba un pedacito de tortilla, le embarraba un poco de aquello que estaba comiendo y, con esa voz que Ja-Chico conocía desde cachorro, lo llamaba:

—¡Jaachiii...!

Y Ja-Chico acudía.

Nunca fue alguien que comiera solamente comida de perrijo. El profesor Arturo siempre encontraba la manera de convidarle de los manjares de la mesa. Para Ja-Chico aquellos pedacitos de tortilla no eran simplemente comida. Eran una forma de decirle: eres un consentido de la familia.

Paso el tiempo. Y un día, después de aquella temporada en que la familia permaneció encerrada en casa, el profesor Arturo se fue. Ja-Chico nunca entendió por qué.

Ahora, al final de agosto de 2026, cuando el verano culmina con su esplendor y cede el paso a una plenitud dorada que entraña el inicio melancólico de las despedidas, Ja-Chico involuntariamente comenzaba a despedirse. La enfermedad le había llegado de repente y le estaba robado su tiempo y sus fuerzas, toda la familia se alertó y lo llevaron inmediatamente al veterinario, en donde se quedo hospitalizado, pues había momentos en que sentía un dolor tan intenso que apenas podía moverse. Sin embargo, cuando lograba descansar un poco Ja-Chico recuperaba su voluntad de continuar adelante con su familia, pero algo extraño ya le estaba sucediendo, percibía una presencia. No podía verla. No podía distinguirla. Pero la conocía. Era una voz.

—¡Jaachiii...!

Intentaba levantarse, quería llegar hasta ella, averiguar quién le llamaba. Pero el dolor lo detenía y lo devolvía en aquella interminable agonía haciéndole perder la noción del tiempo. 



Ocasionalmente veía a su alrededor ese lugar donde lo atendían, a quienes lo curaban y sus familiares que iban a visitarlo. Ja-Chico no entendía los comentarios hacía él, pero sí reconocía los rostros: preocupación, tristeza, impotencia... y esa resignación silenciosa que aparece cuando el amor ya no puede hacer nada más que acompañar.

Entonces sucedió que su pequeño cuerpo volvió a estremecerse. Un fuerte espasmo lo recorrió desde la nariz hasta sus patitas sintiendo que ya no podía más. Algo le administraron para calmarlo, para tranquilizarlo y, poco a poco, consiguió relajarse. 

Recuperó algo de conciencia, pero le aplicaron otro medicamento y por ello los sonidos comenzaron a alejarse. Las voces se volvieron distantes, difusas. El mundo dejó de tener contornos, se nubló. Y entonces, por primera vez en todo el tiempo de enfermedad, el dolor comenzó a desaparecer. Ja-Chico cerró sus ojitos. Sintió que empezaba a flotar en un sueño profundo y tranquilo. Ya no se sentía como un lomito viejo. No le dolían las patas. No estaba cansado.

De pronto escuchó nuevamente aquella voz. Esta vez, mucho más cerca y clara, eso lo motivaba a levantarse.

—¡Jaachiii...!

—¡Jaachiii...!

Ja-Chico abrió los ojos y sintió un ímpetu. Al fin pudo levantarse sin ayuda. Sus patas volvieron a ser fuertes. Su cuerpo ligero. Su mirada clara. Se sintió como en sus años de cachorro. 

Quiso ver a Churys, Cachis y Pekita, correr hacia ellas, pero la voz volvió a llamarlo.

—¡Jaachiii...!

Ja-Chico se detuvo. Entonces olfateó y un aroma familiar llegó hasta él. Era algo que los años no habían podido borrar de su nariz. Volvió a olfatearlo. Y comenzó a caminar hacia aquella presencia.

La voz insistía.

—¡Jaachiii...!

Ja-Chico avanzó. Cada paso era más ligero. Cada vez estaba más cerca  y más cerca.

Hasta que llegó. Levantó la mirada y finalmente, descubrió que ahí estaba la respuesta a sus preguntas.

¡El Llamado!

 


mayo 29, 2026

Las UFO Revelaciones (Disclosure) representan un giro sin precedentes en la relación entre los gobiernos y la ciudadanía: por primera vez, Estados Unidos ha liberado miles de documentos, imágenes y grabaciones que durante décadas permanecieron ocultos. Estos archivos muestran encuentros que van desde la Guerra Fría hasta los más recientes incidentes en zonas militares estratégicas, dejando al descubierto fenómenos que aún carecen de explicación oficial. La magnitud de esta apertura no solo responde a la presión política y social, sino que también inaugura un nuevo ciclo de debate científico y cultural sobre lo desconocido.



En este contexto, compartimos una serie de animaciones y recreaciones de casos emblemáticos que ilustran la fuerza de estos hallazgos: desde los misteriosos orbes reportados en 2023, hasta las anomalías captadas en las misiones Apollo. Cada pieza busca transportar a la audiencia al corazón de los eventos que han obligado al Pentágono y al Departamento de Defensa a reconocer públicamente la existencia de fenómenos anómalos. Más que un recurso visual, esta serie es una invitación a reflexionar sobre el impacto que tales revelaciones tienen en nuestra comprensión del mundo y en la manera en que los gobiernos enfrentan lo desconocido. 

Ver la transmisión de UFO Revelaciones


mayo 25, 2026

La Final del Clausura 2026 no empezó realmente en Ciudad Universitaria. Su origen proviene desde años anteriores, entre derrotas agónicas, remontadas imposibles, errores convertidos en tragedia deportiva y generaciones cementeras que quedaron emocionalmente marcadas por ésas noches donde Cruz Azul parecía tener el destino en las manos y acababa consumido por su propia desesperación, destruyendo la ilusión de sus millones de aficionados.

El empate 0-0 en el partido de ida, disputado el 21 de mayo en el Estadio de la Ciudad de los Deportes, no hizo otra cosa más que prolongar esa vieja sensación de incertidumbre que persigue al conjunto celeste desde hace décadas, especialmente porque el equipo dominó amplios lapsos del encuentro, generó peligro constante y aun así volvió a fracasar frente al arco rival, alimentando la idea de otra “cruzazuleada”; ese vocablo, construido desde la burla y apropiado por el imaginario futbolístico mexicano, que dejó de representar únicamente una derrota deportiva y terminó convirtiéndose en la maldición emocional alrededor del club: partidos donde Cruz Azul parecía tener todas las condiciones para ganar, pero donde una mala decisión, un error individual, un descuido defensivo o una tragedia inesperada terminaron destruyendo la esperanza celeste en el momento menos pensado.



La sensación de pesimismo se asomó cuando Robert Morales estuvo cerca de marcar para Pumas con un disparo al travesaño. La jugada no solamente estremeció al salado Estadio Azúl; también reactivó en la memoria colectiva cementera la impresión de que la historia estaba preparándose otra vez para repetirse. Cruz Azul llegaba a la final cargando el peso emocional de doce finales perdidas, una cifra que durante años terminó convirtiéndose en una condena psicológica alrededor del club y aunque seguía habiendo optimismo algunos temores pudieron aparecer entre los aficionados.

Del otro lado aparecía un Pumas fortalecido no solamente desde lo futbolístico, sino también desde la narrativa emocional que acompañó toda su temporada. El conjunto universitario terminó como superlíder del torneo con 36 puntos y la mejor ofensiva del campeonato, incluso eliminó a su eterno rival: el América, situación que alimentaba entre su afición la sensación de que el club estaba destinado a recuperar aquella vieja mística competitiva que históricamente convirtió a los auriazules en uno de los equipos más temperamentales, simbólicos y exitosos del futbol mexicano. Además, la presencia del ex-merengue Keylor Navas reforzaba todavía más esa percepción de seguridad alrededor del equipo universitario. Cada intervención suya parecía transmitir autoridad, jerarquía y experiencia internacional, mientras su liderazgo bajo los tres palos convertía al legendario portero costarricense en una figura emocional capaz de sostener la tranquilidad colectiva incluso durante los momentos más tensos de la serie.

Sin embargo, la final también comenzó a rodearse de historias personales que lentamente transformaron el partido en un relato de redención, resignación y supervivencia emocional. Joel Huiqui llegó al banquillo celeste como técnico interino en la jornada 17, y desde ahí hilvanó triunfos y solamente un empate en la semifinal frente a Chivas, resultados que terminaron catapultando al equipo hasta la Gran Final. Su presencia adquirió rápidamente un significado mucho más profundo que el simple cambio de entrenador, especialmente porque Huiqui siendo futbolista había vivido en carne propia varias de las derrotas más dolorosas del club. Durante años formó parte de planteles marcados por finales perdidas, desplomes emocionales y noches donde Cruz Azul parecía incapaz de escapar de sus propios fantasmas. Por eso, su aparición en la banca terminó convirtiéndose en una especie de revancha histórica: la posibilidad de conquistar desde la dirección técnica el campeonato que jamás pudo lograr como jugador.

Esa carga emocional inevitablemente contrastaba con la figura de Martín Anselmi, el último entrenador cementero que parecía destinado a consagrase y perdió la final, aquella del Clausura 2024 frente al odiado América. En medio de tensiones y conflictos decidió abandonar el club en 2025 para marcharse al Porto, sin embargo su nombre seguía apareciendo alrededor de Cruz Azul como referencia inmediata de un ciclo marcado por frustraciones deportivas, expectativas incumplidas y una sensación permanente de deuda emocional con la afición celeste.

Con todos esos antecedentes acumulándose alrededor del partido, Ciudad Universitaria recibió la vuelta de la Gran Final bajo un ambiente de presión absoluta y tensión emocional permanente. El Estadio Olímpico Universitario apareció completamente lleno y dividido entre dos emociones radicalmente distintas: de un lado, un puñado de fans celestes con la esperanza de romper finalmente con los históricos fracasos; del otro, miles de fans radiando orgullo, apoyo y su confianza en que Pumas confirmaría el dominio futbolístico mostrado durante el torneo. Mientras la afición auriazul se aferraba a la mística institucional de Pumas y a la figura internacional de Keylor Navas, la hinchada celeste llegaba con ánimos pero acompañados de recuerdos traumáticos.

Alrededor de Efraín Juárez, exjugador puma, además de la admiración de millones por su temporada y su éxito como DT en Colombia, también comenzaban a crecer las críticas. Sus constantes declaraciones sobre el arbitraje, las supuestas ayudas al Cruz Azul y algunas decisiones tácticas tomadas durante la liguilla, empezaron a colocarlo bajo una presión mediática cada vez más intensa, antes del partido definitivo. La final dejó entonces de jugarse únicamente desde lo futbolístico y comenzó a trasladarse hacia el terreno emocional y psicológico. Huiqui entendió rápidamente esa dimensión invisible del partido y apostó por un equipo resiliente, sabiendo que Cruz Azul no solamente enfrentaba a Pumas, sino también a la memoria colectiva de sus propias tragedias deportivas.

El primer golpe emocional de la noche llegó al minuto 30. El paraguayo Robert Morales encontró un espacio dentro del área y marcó el 1-0 que hizo estallar a Ciudad Universitaria. El delantero parecía convertirse en el héroe definitivo de la final y reafirmar la narrativa de superioridad universitaria que acompañó a Pumas durante prácticamente todo el campeonato. Mientras el Olímpico Universitario explotaba en euforia, Cruz Azul volvió a verse atrapado entre la ansiedad, la presión y el temor de fracasar. Durante varios minutos, el equipo cementero pareció nuevamente secuestrado por sus propios fantasmas.

Sin embargo, la Gran Final comenzó a transformarse desde el vestidor durante el medio tiempo. Mientras Pumas parecía tener control emocional absoluto del partido y la euforia universitaria envolvía completamente el estadio, Joel Huiqui comprendió que aquella final no podía resolverse únicamente con la táctica. El técnico entendió que la verdadera batalla estaba ocurriendo en el aspecto mental. Más tarde revelaría que su mensaje durante el medio tiempo fue “muy simple, muy básico”, aunque profundamente orientado hacia la paciencia, el orden y el control emocional: “el partido se va a abrir cuando tengamos una oportunidad de gol, pero tengamos paciencia, orden en el trabajo y en la parte ofensiva también”. Huiqui incluso dijo que al entrar al vestidor encontró a sus propios jugadores corrigiéndose entre ellos mismos, convencidos de que podían cambiar la historia. Ese instante terminó convirtiéndose en el verdadero punto de inflexión emocional del equipo.

Cruz Azul salió al segundo tiempo con una energía completamente distinta. El equipo adelantó líneas, comenzó a disputar cada balón con desesperación histórica y trato de jugar con la urgencia emocional de quien siente escaparse otra oportunidad irrepetible. Entonces apareció la jugada que modificó definitivamente la narrativa de la Gran Final. Al minuto 53, Rubén Duarte marcó en propia puerta y le devolvió la esperanza al conjunto cementero. El autogol silenció momentáneamente a Ciudad Universitaria y sembró dudas en un equipo felino que hasta entonces parecía controlar emocional y futbolísticamente el encuentro.

A partir de ese momento, el partido entró en una dimensión completamente caótica. Las faltas comenzaron a multiplicarse, el panameño Adalberto Carrasquilla al igual qué el argentino Paradela en el primer tiempo, salió del campo lesionado, las discusiones arbitrales crecieron y la táctica se convirtió en una batalla emocional de nervios, tensión y desgaste psicológico. Las expulsiones de Uriel Antuna y Ángel Rico terminaron reflejando perfectamente ese ambiente de desesperación acumulada. Para Antuna, además, la tarjeta roja terminó reforzando una narrativa particularmente dolorosa: la maldición de las finales perdidas consecutivamente. Primero como jugador de Cruz Azul, después con Tigres y ahora con Pumas, el extremo volvió a quedar marcado por otro fracaso decisivo, agravado todavía más debido a su expulsión en el momento más crítico del partido.

Con el empate global y el reloj acercándose lentamente al final, Pumas parecía sostenerse gracias a la experiencia de Keylor Navas, quien volvió a responder bajo presión y mantuvo con vida a los universitarios durante los momentos más complicados del cierre. Pero las finales mexicanas parecen estar escritas en un guion dramático; el Clausura 2026 terminó reforzando nuevamente esa vieja creencia futbolística donde los campeonatos se definen en la agonía del último minuto.

Entonces al minuto 90+4 apareció Rodolfo Rotondi en el área puma. El argentino giro y disparo un balón de rebote en el breve espacio que tuvo de frente, clavando un rayo al costado izquierdo de Keylor Navas. Goooooool, anotación que definió un triunfo de 2-1 que entregó el campeonato a Cruz Azul. Ese gol cayó como una liberación emocional colectiva para el conjunto cementero y como un derrumbe absoluto en los Pumas. Mientras la banca celeste explotaba en euforia quitándose el nerviosismo acumulado, el rostro de Juárez estaba desencajado, y Keylor Navas observaba resignado cómo el balón salía lentamente de su arco, después de haber sostenido durante gran parte de la final la esperanza universitaria.

Rodo Rotondi se convirtió inmediatamente en el héroe definitivo de la final. El futbolista pasó de cargar durante meses con señalamientos constantes de afición y medios, que en distintos momentos lo colocaron como uno de los villanos y rostro de las frustraciones recientes de Cruz Azul, a convertirse en el futbolista que terminó entregándole la Décima al club cementero. Después del partido, todavía envuelto entre lágrimas y emociones acumuladas, reconoció públicamente el peso emocional de aquel gol y agradeció el respaldo recibido durante sus momentos más difíciles: “Agradecer a la gente que me bancó”. Su transformación terminó representando una especie de reivindicación deportiva dentro del imaginario cementero, especialmente después de esa final perdida ante el América. Más tarde dedicaría el gol a su familia, gesto que posteriormente sería retomado por Víctor Velázquez al llamarlos "este cabrón" y hablar sobre el significado emocional del campeonato, sobre la resiliencia de un futbolista que se quería ir y ahora fue héroe en la noche más importante del torneo.

El presidente Velázquez también explicó que el campeonato no era producto de la casualidad, sino consecuencia de un proyecto construido desde la disciplina, el trabajo diario y la planificación institucional. El título representó además un éxito económico importante para Cruz Azul, que embolsó 4.1 millones de dólares por conquistar el campeonato y un millón adicional por haber terminado como el mejor equipo de la temporada. Incluso los festejos del directivo frente a la afición universitaria provocaron polémica en redes sociales, intensificando todavía más la rivalidad emocional entre ambos clubes.

En contraste, las cámaras captaron a un Efraín Juárez completamente devastado después del gol de Rotondi. Un video difundido posteriormente por TUDN y viralizado rápidamente en redes sociales mostró al entrenador universitario pronunciando una frase cargada de resignación absoluta: “Vale verga wey, ya no queda nada wey, se acabó… te juro que ya no somos campeones”. La escena terminó convirtiéndose en una de las imágenes más dolorosas y simbólicas de la final, reflejando el derrumbe emocional universitario en cuestión de segundos.

La derrota también reactivó inmediatamente las supersticiones que históricamente rodean al futbol mexicano. Muchos aficionados recordaron que el defensor puma Nathan Silva tocó el trofeo antes de la final, gesto que rápidamente fue interpretado como una especie de maldición deportiva. Su error en la recta final alimentó todavía más la narrativa del “cruzazuleo”, aunque esta vez invertida: el club históricamente perseguido por las tragedias terminó trasladando el peso emocional de la derrota hacia su rival. Incluso las cábalas universitarias parecieron insuficientes frente al desenlace de la noche. La camiseta utilizada por Keylor Navas evocó inevitablemente la imagen del histórico portero auriazul Olaf Heredia, reforzando entre aficionados la sensación de continuidad simbólica con los grandes equipos universitarios de los años ochenta. Sin embargo, ni la mística, ni los rituales, ni la memoria histórica lograron resistir el impacto emocional provocado por el gol de Rotondi.

La Décima terminó llegando para Cruz Azul de una manera profundamente simbólica y hasta contradictoria. El club volvió a coronarse evocando sus días de equipo local administrativo en Ciudad Universitaria, precisamente la casa de Pumas, en aquel campeonato de Concachampions de 2025. Además, esos dos títulos fueron conquistados bajo la dirección de entrenadores interinos surgidos desde las fuerzas básicas del propio club, circunstancia que terminó reforzando la idea de que Cruz Azul tenía la suerte de campeón encontrando estabilidad justamente en medio de la incertidumbre institucional que durante años pareció consumirlo.



La Final del Clausura 2026 terminó convirtiéndose en mucho más que un simple partido de futbol. Fue un relato construido desde antecedentes dolorosos, tragedias deportivas, personajes emocionalmente marcados, supersticiones históricas y cábalas que parecían perseguir cada minuto de la serie. Robert Morales abrió la esperanza universitaria, Keylor Navas la sostuvo con jerarquía internacional y Rodolfo Rotondi terminó arrebatándola con un gol letal que transformó completamente la historia emocional de la noche. Joel Huiqui rompió finalmente su propia maldición después de haber pertenecido durante años a planteles marcados por el fracaso; Efraín Juárez quedó señalado por la polémica y por la crudeza de su resignación pública; Nathan Silva terminó apropiándose involuntariamente de la narrativa del “cruzazuleo”, mientras Uriel Antuna volvió a abrazar la pesada maldición de las finales perdidas. Las cábalas universitarias no bastaron para sostener a Pumas y Cruz Azul, perseguido durante décadas por fantasmas deportivos y tragedias futbolísticas, terminó derribando finalmente sus propias sombras para conquistar la Décima. La reivindicación heroica de Rotondi, la reaparición emocional de Martín Anselmi mediante un mensaje de felicitación que terminó funcionando como cierre simbólico de viejas tensiones institucionales; el respaldo institucional de Víctor Velázquez hacia Huiqui y los festejos desatados en distintos puntos de la República Mexicana terminaron mostrando cómo el campeonato funcionó simultáneamente como cierre de ciclos, suavizante de viejas fricciones y nacimiento de una nueva empatía institucional alrededor de Cruz Azul.

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