del Profr. Arturo Rosales Toledo

¡Gracias por tu legado!

¡Gracias por tu ejemplo de vida!

¡Gracias por tus enseñanzas!

¡Gracias por dejarnos tus recuerdos!

¡Gracias por enseñarnos a vivir!

¡Gracias por tu apoyo!

¡Gracias por tu sabiduría!

¡Gracias por tu ejemplo de vida!

¡Gracias por sus esfuerzos!

¡Gracias por mostrarnos el mundo!

¡Gracias por enseñarnos tu solidaridad!

¡Gracias por motivarnos a crecer!


diciembre 30, 2025

A pesar de su carácter fuerte, rudo y perfeccionista, Emilio "El Indio" Fernández reunió en un mismo set cinematográfico a decenas de las más grandes estrellas del cine mexicano de los años cincuenta. La logística de su proyecto se volvió un reto monumental: acomodar a tantas figuras en un mismo plano y espacio era casi imposible, pues cada una representaba un universo propio de fama, estilo y personalidad. Se cuenta que entonces "El Indio" Fernández, con voz firme, pidió silencio absoluto y pronunció en su característico tono tosco: “Hoy no hay protagonistas, todos son México”.


Aquella frase no fue solo un gesto de autoridad, sino una declaración de sentido profundo. En su película titulada Reportaje, cada actor y actriz participante encarnaba un fragmento de la nación, un rostro distinto de un México que vivía múltiples historias simultáneas en un día especial como la víspera de Año Nuevo. Allí estaban Pedro Infante con su carisma popular, María Félix irradiando orgullo y fuerza, Jorge Negrete como símbolo del carácter ranchero, Dolores del Río con su elegancia distinguida, y Libertad Lamarque aportando su sensibilidad melodramática. A su lado, la picardía de Germán Valdés “Tin Tan”, la gracia de Joaquín Pardavé, la sobriedad de Arturo de Córdova, la presencia firme de Ernesto Alonso, y la intensidad de Víctor Parra se entrelazaban con la frescura de Carmen Montejo, la belleza serena de Columba Domínguez, el misterio de Miroslava, y el exotismo de Carmen Sevilla o Lola Flores.


El conjunto se completaba con la autoridad de Fernando Soler, la complicidad de sus hermanos Andrés y Domingo Soler, y la voz inmortal de Pedro Vargas, entre muchos otros. Cada uno representaba un matiz distinto de la identidad mexicana: la alegría, la nostalgia, la pasión, la esperanza. En esa noche de fin de año, todos ellos se convirtieron en espejos de un país plural que celebraba, soñaba y se reconocía en la diversidad de sus rostros. La película, más que un relato, se transformó en un mural cinematográfico donde México entero aparecía reflejado, sin jerarquías, como un coro de voces que narraban la simultaneidad de su destino.



El 12 de noviembre de 1953, en el cine Chapultepec de la Ciudad de México completamente abarrotado, se estrenó Reportaje. La película combina comedia, drama, misterio e historias cruzadas. Con fotografía de Alex Phillips y música de Antonio Díaz Conde, la trama se sitúa en la víspera de Año Nuevo: Bernardo, dueño de un periódico, discute con su director Gámez Rivera y lanza un reto, otorgar un premio de diez mil pesos al reportero que consiga la mejor noticia de esa noche. Los periodistas se dispersan por la ciudad y, en su búsqueda, se entrelazan múltiples relatos que muestran un México vivo, complejo y simultáneo, donde cada historia refleja una faceta distinta de la sociedad en un momento de celebración y expectativa.


Aunque hubo ausencias notables como Cantinflas, Pedro Armendáriz y Sara García, la película reunió a la mayoría de las grandes figuras de la época. Producida por la Asociación Nacional de Actores (ANDA), Periodistas Cinematográficos de México (PECIME) y Tele-Voz S.A., Reportaje se convirtió en un documento histórico que capturó la pluralidad de voces y destinos del México que celebra, sueña y enfrenta sus problemas en un instante simbólico: el umbral del nuevo año.


Hoy, más de siete décadas después, esta obra sigue viva como testimonio de la identidad nacional y de la fuerza del cine mexicano. Por cortesía de ADDClipVideo, el canal de Yomicubo en YouTube, disfruta de esta joya histórica y acompaña a las leyendas del cine en un relato que sigue siendo memoria viva de nuestra identidad cultural.

diciembre 28, 2025

 

Un Especial del Yomitub

Este fin de año 2025 es el momento perfecto para dejarse llevar por las grandes historias de la pantalla cinematográfica. En el Blog del Profesor ART te invitamos al cineclub Yomitub, que ha preparado cinco salas para compartir con nuestra audiencia películas que mezclan aventura, nostalgia, fantasía y emoción. Para entrar a una sala basta con hacer click en los posters de la siguiente cartelera:

Sala A: La Otra Cara de la Luna (Fly Me to the Moon)

Dirigida por Greg Berlanti y protagonizada por Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson y Ray Romano, esta comedia romántica ambientada en la carrera espacial del Apolo 11 muestra cómo una experta en marketing y un director de lanzamiento enfrentan la presión de la Casa Blanca para asegurar el éxito de la misión, combinando humor, romance y tensión histórica en una historia que mezcla lo íntimo con lo épico.



Sala B: Frankenstein

La nueva adaptación dirigida por Guillermo del Toro reúne a Oscar Isaac como Victor Frankenstein, Jacob Elordi como la criatura y Mia Goth junto a Christoph Waltz y Charles Dance en un relato gótico que retoma el clásico de Mary Shelley; aquí, la ambición de un científico por vencer a la muerte desata consecuencias devastadoras, con una atmósfera oscura y un elenco de lujo que promete renovar el mito para una nueva generación.



Sala C: Robot Salvaje (The Wild Robot)

Con dirección de Chris Sanders y voces de Lupita Nyong’o, Pedro Pascal, Kit Connor, Catherine O’Hara, Bill Nighy, Stephanie Hsu y Mark Hamill, esta animación de DreamWorks narra la historia de Roz, un robot que tras un accidente debe aprender a convivir con la naturaleza y los animales en una isla desierta, ofreciendo una aventura conmovedora que combina tecnología, ecología y emociones universales.



Sala D: Cómo Entrenar a tu Dragón

La nueva versión de Live Action dirigida por Dean DeBlois revive la épica historia de Hipo y Desdentado, ahora es un universo vikingo más realista. Mason Thames interpreta a Hipo, Nico Parker a Astrid y Gerard Butler regresa como Stoick el Vasto, en una adaptación que busca mantener la magia y emoción de la animación original, pero con una visual que potencia la relación entre humanos y dragones. Esta película promete ser un puente entre la nostalgia de los fans y una nueva generación que descubrirá la fuerza de la amistad y la valentía en un mundo lleno de criaturas legendarias..



Sala E: Beetlejuice, Beetlejuice

El regreso del espíritu más irreverente llega de la mano de Tim Burton y un elenco encabezado por Michael Keaton, Winona Ryder, Jenna Ortega, Catherine O’Hara, Monica Bellucci y Willem Dafoe; en esta esperada secuela, Beetlejuice vuelve para desatar caos en el mundo de los vivos con humor negro y estética gótica, reuniendo nostalgia y frescura en una comedia fantástica que celebra el estilo único de Burton.



🎬 ¡Este maratón de fin de año está listo!

Bienvenidos a estas cinco salas, con cinco mundos distintos para perderse entre risas, aventuras y reflexiones. Solo en Yomitub, el espacio donde el cine se disfruta con pasión.

diciembre 15, 2025

 


Una gélida víspera de la navidad de 1958, en el añorado pueblo de Tezoatlán, Oaxaca, soplaba un aire seco que se colaba entre las rendijas de las puertas y ventanas de las casas de adobe. Quienes caminaban por las calles estrechas sentían el frío y apuraban el paso, haciendo crujir las ramas secas y la hojarasca caída que cubría el camino. En aquel lugar no había lujos ni abundancia, solo la sencillez de la vida campesina, marcada por la tierra dura y el trabajo cotidiano.

En casa, el joven Arturo Rosales ya se había desocupado de sus labores matutinas y se daba un tiempo para limpiar con esmero un objeto que consideraba un tesoro: era un grueso disco de vinilo que había conseguido con sacrificio y curiosidad. Mientras lo sostenía, pensaba que la música era una ventana secreta hacia un mundo más amable. La portada, suavemente desgastada por el trayecto desde la capital mexicana, mostraba en el centro la silueta elegante de un director con un violín en la mano, rodeado por parejas danzantes en atuendos vaporosos, que parecían girar al compás de un ritmo eterno. Sobre el fondo azul con acentos rojos y crema se leía en letras refinadas: “STRAUSS POLKAS – The Vienna Symphony Orchestra – Robert Stolz – Conductor” Más abajo, como una muestra del contenido, aparecían los títulos de los valses de Johann Strauss: Tales of the Vienna Woods, Morning Journals, Fledermaus y Wine, Women and Song.


Click para escuchar el disco original

Arturo miraba con fascinación, como si aquel cartón ilustrado pudiera transportarlo más allá de las calles polvorientas de su pueblo. Imaginaba al maestro Stolz destacando en un esplendoroso auditorio europeo, rodeado de músicos vestidos de gala, dirigiendo con gesto firme y delicado los acordes de los valses de Strauss. En aquel momento no sabía que Robert Elisabeth Stolz, nacido en 1880 en Graz, Austria, y formado en el Conservatorio de Viena, fue un destacado compositor y director de orquesta que dedicó su vida a difundir la tradición vienesa a través de operetas, música de cine y la interpretación magistral de los valses de Johann Strauss, hasta fallecer en Berlín durante 1975.

Aquella figura no era solo un icono en la portada, sino la encarnación de un universo sonoro que Arturo recreaba en su imaginación. En su mente, los violines sonaban claros y ágiles, marcando la melodía principal con precisión y ligereza; los metales entraban con firmeza, aportando brillo y energía; mientras los contrabajos sostenían el ritmo con un pulso profundo y constante que parecía acompasarse con su propia emoción. Él pensaba que ese disco era un espacio donde cada acorde se conjugaba en una composición musical que provocaba entusiasmo, inspiración y alegrías. Por eso lo cautivaban las notas del vals Morning Journals, que le infundían un gran ánimo positivo, invitándolo a bailar con pasos pausados y cadenciosos, llenos de reverencias y elegancia. En contraste con la pobreza material de su entorno, aquella riqueza espiritual lo hacía sentir parte de un mundo más vasto y luminoso.

Deseoso de compartir su deleite musical de valses y polkas, abrió el viejo tocadiscos de pilas que descansaba sobre una mesa de madera desgastada. El aparato, con su cubierta ya rayada y bisagras descoloridas, parecía un milagro tecnológico en aquel humilde hogar. Colocó el vinilo con cuidado y bajó la aguja con destreza. Un leve crujido sonó en la habitación, seguido por el fluir delicado de las primeras notas de su vals favorito. 

Escuchar "Strauss Polkas - Morning Journals"

La música se expandió, transformando el ambiente de ese cuarto de adobe que compartía toda la familia en un salón imaginario. Arturo observaba cómo sus padres se dejaban llevar por aquella armonía. Su papá Abdón levantó la vista del telar en que trabajaba y, por un momento, dejó que la música lo envolviera. Su mamá Josefa, con una sonrisa tímida, continuó su labor hogareña, aunque parecía escuchar no solo la melodía, sino también la promesa de un día más amable.

Con el paso de los años, Arturo mantuvo vivo su gusto por los clásicos desde que descubrió el disco de Robert Stolz. Sin embargo, aquella fascinación aumentó más de cuatro décadas después, cuando Arturo descubrió la obra del violinista y director neerlandés André Rieu, un músico que ha sabido transformar los conciertos sinfónicos en auténticas celebraciones, ofreciendo un espectáculo accesible, emocionante y capaz de conmover tanto a conocedores como a los curiosos de este género.

En los primeros años del nuevo milenio, Arturo tuvo la oportunidad de ver un DVD del concierto de Maastricht de 2009. Aquellas imágenes, viendo la orquesta desplegada en la plaza central de la ciudad natal de Rieu, le recordaron de inmediato la emoción de su juventud. Escuchar El Danubio Azul de Strauss y demás obras musicales, interpretadas con frescura y entusiasmo, le despertaron el mismo fervor que había sentido con el viejo vinilo. Sin embargo, su experiencia más grata sucedió el 17 de octubre de 2015, cuando asistió en compañía de su familia al Auditorio Nacional para presenciar en vivo un concierto de André Rieu y la Johann Strauss Orkest en la CDMX.

Aquella noche, el recinto capitalino se transformó en el escenario que Arturo había soñado desde su juventud, cuando escuchaba valses en su extinto tocadiscos. Ahora sentado junto a su esposa, rodeado de sus hijos, su nuera y con sus nietas atestiguando por primera vez aquel universo sonoro, confirmó la certeza que lo había acompañado desde joven: la música es un refugio que nos sostiene, una ventana secreta hacia un mundo más amable, un puente que une generaciones y un legado inmortal que enlaza recuerdos con esperanzas. Comprendió que, así como en la vida, la verdadera grandeza de las melodías no está solo en las notas, sino en la capacidad de reunir a la familia, de despertar la alegría común y recordarnos que la belleza florece incluso en los lugares más humildes, siempre que se comparte con quienes amamos.


M.M. Perseo Rosales R.
Diciembre de 2025


diciembre 04, 2025

En un pequeño pueblo de los Apalaches, donde las montañas se alzan como murallas de silencio y los bosques de pinos se cubren de nieve, el invierno llegaba con un aire frío y profundo. La nieve caía envolviendo las calles en un silencio que parecía guardar secretos antiguos, mientras las colinas blancas se extendían como un manto protector alrededor de la comunidad.

Dentro de una humilde casa de madera, en la víspera de la Nochebuena el fuego ardía suavemente, iluminando con su resplandor cálido las paredes gastadas por los años. Allí, el abuelo, hombre de memoria y raíces firmes, hablaba con serenidad. Su voz era pausada, como si cada palabra hubiera sido pensada durante décadas. En su interior, sabía que los recuerdos podían ser pesados, pero también comprendía que eran la única forma de mantener viva la esperanza. Por eso, al aludir a "The Spirit of Christmas Past" (El Espíritu de la Navidad pasada), lo hacía con la convicción de que no era un fantasma de lo perdido, sino invocar una fuerza que aguardaba pacientemente para renovarse en cada Nochebuena. Su actitud era la de un maestro silencioso: la espalda recta, las manos abiertas sobre las rodillas, los ojos fijos en el fuego, como si allí se reflejara la memoria de toda su vida.


La madre, sentada cerca del fuego, escuchaba con atención. Su rostro reflejaba esfuerzo y resignación, pero también una calma que nacía de la necesidad de sostener a los suyos. Su pensamiento, se debatía entre la carga por la ausencia del esposo y la fuerza que debía mostrar para que sus hijos sobresalieran. Sabía que no podía dejarse vencer por nada, y por eso, cuando murmuró con una sonrisa tenue: “Tomorrow will be Christmas Day” (Mañana será Navidad), lo hizo no sólo como un recordatorio, sino como una promesa íntima de que la vida seguiría adelante. Su actitud era contenida, casi ritual: las manos juntas sobre el regazo, la mirada baja, pero con un brillo que revelaba que aún creía en la luz que trae la Navidad.

Los niños, inquietos y curiosos, jugaban con las sombras que proyectaba el fuego. Al principio, sus pensamientos eran ligeros, propios de la infancia: imaginaban figuras fantásticas en las paredes, monstruos que se deshacían en humo, héroes que surgían de las llamas. Pero poco a poco, el tono del abuelo y la calma de la madre los fueron envolviendo. En silencio, comenzaron a comprender que aquellas palabras hablaban también de ellos, de su futuro, de la fuerza que debían encontrar en su interior. Sus actitudes cambiaron: dejaron de moverse, se acercaron más al fuego, y sus ojos brillaron con una mezcla de ilusión y melancolía. Uno de los niños apoyó la cabeza en el regazo de la madre, buscando consuelo; otro tomó la mano del abuelo, como si quisiera aferrarse a su sabiduría; la niña más pequeña miró hacia la ventana, convencida de que la nieve que caía llevaba consigo recuerdos de su padre ausente.

La platica del abuelo no era sólo para alejar alguna tristeza, era un llamado a mirar hacia dentro y hallar fuerza en el corazón. En ese instante, como si el viento llevara voz, se oyó un susurro invisible: “Your heart can find another way, believe in what I say” (Tu corazón puede encontrar otro camino, cree en lo que digo). Los pensamientos de la familia se unieron en ese eco: el abuelo recordó su propia juventud y las pérdidas que había superado; la madre sintió que su esposo aún estaba presente; los niños comprendieron que la ausencia no era un vacío, sino semilla de esperanza. Entonces, el frío, la nieve y las sombras que intentaban cubrir los sueños de cada quien se deshicieron, dejando espacio para la claridad y reverberando con una sola idea: “Tomorrow will be Christmas Day” (Mañana será Navidad).

En esa noche, entre abrazos y silencios compartidos, la familia comprendió que The Spirit of Christmas Past no era un fantasma de lo perdido, sino una presencia luminosa que habitaba en la nieve, en el fuego y en las campanas del viento que bajaban desde las montañas de los Apalaches. El abuelo era un guía que enseñaba con paciencia, la madre era un sostén que transformaba la resignación en esperanza, los niños eran una promesa que brillaba en la claridad del futuro, y el padre aunque etéreo estaba presente como memoria viva, que susurraba discretamente.

Por eso cada invierno puede traer mucho frío, oscuridad y silencio, pero la Navidad enciende un fuego interior que disuelve las sombras: el espíritu que viene del pasado no ata, libera; recuerda que cada Nochebuena es un renacer, que la claridad siempre vence a la oscuridad, y que el amor compartido es la verdadera luz que ilumina el camino hacia adelante.


noviembre 26, 2025

Contaba el abuelo, con voz pausada y ojos que parecían guardar secretos antiguos, que el Árbol de Navidad no es un objeto cualquiera, sino un símbolo vivo del ánimo humano. Su raíz se hunde en un pasado lejano, mucho antes de que la comercialización lo vistiera de artificio. Decía que en las tierras del Ártico, en la vasta Laponia, donde el invierno cubre los días con oscuridad casi perpetua porque el sol se oculta durante semanas, la gente vive en noches que parecen eternas. El espíritu del bosque sabía que el invierno se apoderaba de aquel lugar, representando un final: no solo el cierre del año, sino la clausura de un ciclo que inició iluminado por la primavera. Ya en diciembre, la última estación se despliega: fría, sombría, con noches interminables que parecen devorar el tiempo. Es como si el mundo murmurara: “hasta aquí llegamos, solo queda esperar”. 


Y claro, todo final pesa. La gente lo sentía en el cuerpo y en el corazón: la oscuridad apagaba la alegría, las sonrisas se encogían como brasas que se extinguen, y la esperanza se escondía bajo la nieve, temblorosa, aguardando a que alguien la despertara.

Fue entonces cuando apareció Brillín, un elfo curioso y travieso, incapaz de soportar la tristeza de los hombres. Decidió pedir ayuda al bosque: —“Amigos árboles, ¿No tendrán algún secreto para devolver la alegría a los habitantes?”

Los robles callaron, los pinos se encogieron, los sauces se desentendieron… Todos eran viejos y cansados. Los robles, con sus troncos anchos y retorcidos, preferían guardar silencio: sabían que la sabiduría no siempre se grita, a veces se calla. Los pinos, vencidos por el frío, inclinaban sus ramas como ancianos que se protegen del viento. Los sauces, con sus ramas caídas como lágrimas heladas, conocían demasiado bien la tristeza y apenas podían sostenerse.

 


Entonces, entre todos ellos, se alzó un abeto joven: delgadito, testarudo, con voz clara como el crujido de la nieve recién pisada. No habló con la gravedad de los viejos, sino con la frescura de la juventud: —“Yo puedo intentarlo. Mis ramas no se rinden al invierno y me siento con ganas.”

Brillín se emocionó tanto que sus ojos brillaron como luciérnagas. Pensó: “Si este abeto se atreve a desafiar al invierno, debo ayudarlo adornándolo. Pero sus ramas son como tocar su corazón, así que debo pedirle permiso.”

El abeto, noble y valiente, aceptó. Entonces Brillín sacó los tesoros que había guardado en sus viajes: unas estrellas recogidas en una noche clara, atrapadas como chispas fugaces en la colina más alta; muchas manzanas rojas halladas en un huerto olvidado, frutos que aún colgaban como recuerdos de la cosecha pasada; y numerosas velitas conseguidas en la aldea, donde los niños las jugaban para espantar las sombras.

Cada objeto tenía un significado profundo: Las estrellas no eran solo luceros del cielo, sino deseos, que al brillar sirven de guía e inspiración para encontrar un camino en medio de la oscuridad; las manzanas rojas no eran simples frutos, sino corazones vivos que hablaban de unión y de la fuerza que sostiene a la gente incluso en tiempos difíciles; y las velitas, aunque pequeñas, eran guardianas del espíritu, llamitas humildes que encendían la calidez dentro del alma y recordaban que la verdadera luz nace cuando se comparte.

Brillín subía y bajaba del abeto, colocando con cuidado cada uno de esos tesoros. Sus manos pequeñas parecían danzar entre las ramas, y el árbol, paciente, se dejaba vestir con orgullo. Cuando terminó, se apartó unos pasos y contempló la obra. Era el árbol de las tierras del Ártico, vestido con símbolos que desafiaban la noche polar.

El elfo, con voz emocionada, exclamó: —“¡Mírate! Pareces un pedazo de cielo caído en la tierra. Tus ramas guardan estrellas como si fueran constelaciones, tus manzanas son como corazones encendidos, y tus velitas… ¡ah, tus velitas parecen luciérnagas que no se cansan de brillar!”

 


El abeto, sintiendo distinto por primera vez, respondió con gratitud: —“Nunca imaginé que pudiera verme así. Antes era solo un árbol joven, delgado y testarudo… ahora me siento como un guardián de la luz. Gracias, Brillín, porque me has mostrado que incluso en la noche más larga puedo ser un faro para los corazones cansados.”

Brillín sonrió, y sus ojos reflejaron el resplandor del árbol: —“No eres solo un árbol, eres la promesa de que la oscuridad nunca vence del todo. Hoy luces como un milagro nacido del bosque.”

Esa noche, la gente que caminaba cabizbaja vio a lo lejos un resplandor extraño. Al acercarse, descubrieron al joven abeto vestido de estrellas, manzanas y velitas. Parece que el frío se detuvo por un instante, la oscuridad retrocedió ante aquella luz cálida. Alguien murmuró: —“Miren… quizás el bosque quiere iluminar nuestras vidas.”

Y entonces, como si el árbol hubiera tocado sus corazones, comenzaron a sonreír de verdad. El ánimo cambió como cambia el aire cuando llega la primavera. Cantaron, compartieron lo poco que tenían y se abrazaron con fuerza. El árbol no solo iluminaba la nieve: iluminaba sus pensamientos e inspiraba sus ideales.

 


Así fue como aquel abeto adornado se convirtió en el centro de una fiesta inesperada. Desde entonces, cada diciembre los habitantes de tal lugar repitieron el gesto: adornaban un árbol para recordar que la oscuridad nunca vence del todo, y que la esperanza, cuando se celebra, se convierte en alegría compartida. Porque el invierno representa un final, sí… pero decía el abuelo: -"El árbol de las tierras del Ártico recuerda que todo final es también un comienzo. En medio de la estación fría y de noches interminables, el árbol de Navidad se convierte en una lucecita que susurra: “Aguanta… después de la noche larga siempre regresa el día, y después del invierno, la primavera llega cálida, radiante y viva.”

Entonces, aconsejaba el abuelo: -"Cada año cuando encendemos el árbol de Navidad no tratamos de adornar un objeto vistoso para presumirlo en las redes sociales, sino de levantar un símbolo capaz de unir y alegrar a la gente, iluminar su corazón, su fe, su esperanza y la promesa de que un nuevo ciclo está por comenzar, con nuevas oportunidades."

 

octubre 30, 2025

¡Hola Papá!

Hoy nos reunimos en la memoria para hablarte con sonrisas y gratitud. No queremos que el recuerdo se vista de tristeza sino de ánimo, porque tu vida fue un camino sembrado de enseñanzas y de paciencia. Nos mostraste que la unión es más fuerte que cualquier adversidad, que la educación abre puertas invisibles y que la serenidad es la clave que resuelve problemas.


En esta familia nos sentimos orgullosos de ser parte de tu historia, de haber aprendido contigo lo que es la ayuda mutua, la confianza y la alegría compartida. Cada paso que diste como padre y como profesor nos dejó huellas que hoy seguimos con entusiasmo, convencidos de que tu legado no se apaga, más bien se multiplica al recordarte.

Hoy te celebramos con entusiasmo, con esperanza y con la certeza de que seguimos escuchando tus ideas y consejos, que tu voz sigue viva en nuestras decisiones y en nuestros abrazos.

¡Bienvenido en este día de todos los santos, querido Papá Arturo!


En Memoria del Profr. Arturo Rosales Toledo



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