Era un pequeño lomito marrón claro, inquieto, de apariencia mestiza y grifón, de pelo revuelto, orejas caídas y sus ojos nobles que parecían decir que su misión de vida fue: querer a su amo y dejarse querer. Se llamaba Ja-Chico.
Su tierna apariencia conquistó el corazón de su madrina Lizbeth y fue ella quien lo salvó de un destino que parecía ya escrito. Algún día de 2010 lo vio hacinado en un cajón entre otros pequeños cachorritos que un desalmado revendedor mantenía allí para comerciar en la calle. Ella no quiso irse y olvidarlo, por eso regresó decidida a traerlo. Lo tomó entre sus brazos protegiéndolo y después lo llevó consigo hasta aquella casa donde, sin saberlo, Ja-Chico encontraría algo mucho más grande que un refugio: encontraría una familia.
Durante dieciséis años anduvo de arriba a abajo en aquella casa, que desde entonces fue su hogar. Conoció cada uno de sus pisos, recorrió sus habitaciones, durmió en sus rincones favoritos y aprendió los sonidos de cada hora del día. Al anochecer, esperaba la llegada de los demás junto a la puerta o acurrucado en el sofá de la sala. Y así, con el paso de los años, aprendió algo que para una mascota quizá sea una de las formas más puras de conocer el mundo: cada voz tenía un nombre, y cada nombre significaba algo. Una voz traía saludos; otra, abrazos; alguna más, una caricia. Y casi todas, tarde o temprano, significaban alimento. Aquella casa de la familia Rosales Reyes dejó de ser simplemente el lugar donde vivía. Se convirtió en su mundo feliz.
Lamentablemente desde hace pocos años Ja-Chico ya no era el mismo. La vejez había desactivado parte de su movilidad, también limitó su mirada y confundía sus recuerdos, pero todavía reconocía a Churys, a Cachis, a Pekita, y especialmente a Glorita, de quien se había convertido en su acompañante permanente. También sabía quiénes eran Ody y Mazapán y, aunque con Nupy y Caramelo nunca llevó muy bien las cosas, también los reconocía.
Pero había alguien a quien Ja-Chico seguía buscando. Alguien que faltaba en su mundo: el profesor Arturo. Hacía seis años que no lo veía. Quizá su memoria de mascota nunca pudo contestarle solamente dos preguntas:
—¿Dónde esta? —¿Por qué no lo veo?
Pero algo dentro de Ja-Chico se resistía a olvidarlo. Algunas mañanas parecía quedarse quieto, mirando hacia un lugar de la casa, como si esperara que de pronto apareciera aquella figura que durante tantos años había formado parte de su vida.
Recordaba las mañanas al despertar, bajaba a la cocina, ahí la profesora Gloria estaba junto a la estufa preparando el desayuno y el profesor Arturo se sentaba a la mesa con su taza de café, su atole, su arroz o cualquier cosa deliciosa que hubiera preparado ese día.
Entonces sucedía lo de siempre. El profesor servía su plato, tomaba un pedacito de tortilla, le embarraba un poco de aquello que estaba comiendo y, con esa voz que Ja-Chico conocía desde cachorro, lo llamaba:
—¡Jaachiii...!
Y Ja-Chico acudía.
Nunca fue alguien que comiera solamente comida de perrijo. El profesor Arturo siempre encontraba la manera de convidarle de los manjares de la mesa. Para Ja-Chico aquellos pedacitos de tortilla no eran simplemente comida. Eran una forma de decirle: eres un consentido de la familia.
Paso el tiempo. Y un día, después de aquella temporada en que la familia permaneció encerrada en casa, el profesor Arturo se fue. Ja-Chico nunca entendió por qué.
Ahora, al final de agosto de 2026, cuando el verano culmina con su esplendor y cede el paso a una plenitud dorada que entraña el inicio melancólico de las despedidas, Ja-Chico involuntariamente comenzaba a despedirse. La enfermedad le había llegado de repente y le estaba robado su tiempo y sus fuerzas, toda la familia se alertó y lo llevaron inmediatamente al veterinario, en donde se quedo hospitalizado, pues había momentos en que sentía un dolor tan intenso que apenas podía moverse. Sin embargo, cuando lograba descansar un poco Ja-Chico recuperaba su voluntad de continuar adelante con su familia, pero algo extraño ya le estaba sucediendo, percibía una presencia. No podía verla. No podía distinguirla. Pero la conocía. Era una voz.
—¡Jaachiii...!
Intentaba levantarse, quería llegar hasta ella, averiguar quién le llamaba. Pero el dolor lo detenía y lo devolvía en aquella interminable agonía haciéndole perder la noción del tiempo.
Ocasionalmente veía a su alrededor ese lugar donde lo atendían, a quienes lo curaban y sus familiares que iban a visitarlo. Ja-Chico no entendía los comentarios hacía él, pero sí reconocía los rostros: preocupación, tristeza, impotencia... y esa resignación silenciosa que aparece cuando el amor ya no puede hacer nada más que acompañar.
Entonces sucedió que su pequeño cuerpo volvió a estremecerse. Un fuerte espasmo lo recorrió desde la nariz hasta sus patitas sintiendo que ya no podía más. Algo le administraron para calmarlo, para tranquilizarlo y, poco a poco, consiguió relajarse.
Recuperó algo de conciencia, pero le aplicaron otro medicamento y por ello los sonidos comenzaron a alejarse. Las voces se volvieron distantes, difusas. El mundo dejó de tener contornos, se nubló. Y entonces, por primera vez en todo el tiempo de enfermedad, el dolor comenzó a desaparecer. Ja-Chico cerró sus ojitos. Sintió que empezaba a flotar en un sueño profundo y tranquilo. Ya no se sentía como un lomito viejo. No le dolían las patas. No estaba cansado.
De pronto escuchó nuevamente aquella voz. Esta vez, mucho más cerca y clara, eso lo motivaba a levantarse.
—¡Jaachiii...!
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico abrió los ojos y sintió un ímpetu. Al fin pudo levantarse sin ayuda. Sus patas volvieron a ser fuertes. Su cuerpo ligero. Su mirada clara. Se sintió como en sus años de cachorro.
Quiso ver a Churys, Cachis y Pekita, correr hacia ellas, pero la voz volvió a llamarlo.
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico se detuvo. Entonces olfateó y un aroma familiar llegó hasta él. Era algo que los años no habían podido borrar de su nariz. Volvió a olfatearlo. Y comenzó a caminar hacia aquella presencia.
La voz insistía.
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico avanzó. Cada paso era más ligero. Cada vez estaba más cerca y más cerca.
Hasta que llegó. Levantó la mirada y finalmente, descubrió que ahí estaba la respuesta a sus preguntas.
Las UFO Revelaciones (Disclosure) representan un giro sin precedentes en la relación entre los gobiernos y la ciudadanía: por primera vez, Estados Unidos ha liberado miles de documentos, imágenes y grabaciones que durante décadas permanecieron ocultos. Estos archivos muestran encuentros que van desde la Guerra Fría hasta los más recientes incidentes en zonas militares estratégicas, dejando al descubierto fenómenos que aún carecen de explicación oficial. La magnitud de esta apertura no solo responde a la presión política y social, sino que también inaugura un nuevo ciclo de debate científico y cultural sobre lo desconocido.
En este contexto, compartimos una serie de animaciones y recreaciones de casos emblemáticos que ilustran la fuerza de estos hallazgos: desde los misteriosos orbes reportados en 2023, hasta las anomalías captadas en las misiones Apollo. Cada pieza busca transportar a la audiencia al corazón de los eventos que han obligado al Pentágono y al Departamento de Defensa a reconocer públicamente la existencia de fenómenos anómalos. Más que un recurso visual, esta serie es una invitación a reflexionar sobre el impacto que tales revelaciones tienen en nuestra comprensión del mundo y en la manera en que los gobiernos enfrentan lo desconocido.
La Final del Clausura 2026 no empezó realmente en Ciudad Universitaria. Su origen proviene desde años anteriores, entre derrotas agónicas, remontadas imposibles, errores convertidos en tragedia deportiva y generaciones cementeras que quedaron emocionalmente marcadas por ésas noches donde Cruz Azul parecía tener el destino en las manos y acababa consumido por su propia desesperación, destruyendo la ilusión de sus millones de aficionados.
El empate 0-0 en el partido de ida, disputado el 21 de mayo en el Estadio de la Ciudad de los Deportes, no hizo otra cosa más que prolongar esa vieja sensación de incertidumbre que persigue al conjunto celeste desde hace décadas, especialmente porque el equipo dominó amplios lapsos del encuentro, generó peligro constante y aun así volvió a fracasar frente al arco rival, alimentando la idea de otra “cruzazuleada”; ese vocablo, construido desde la burla y apropiado por el imaginario futbolístico mexicano, que dejó de representar únicamente una derrota deportiva y terminó convirtiéndose en la maldición emocional alrededor del club: partidos donde Cruz Azul parecía tener todas las condiciones para ganar, pero donde una mala decisión, un error individual, un descuido defensivo o una tragedia inesperada terminaron destruyendo la esperanza celeste en el momento menos pensado.
La sensación de pesimismo se asomó cuando Robert Morales estuvo cerca de marcar para Pumas con un disparo al travesaño. La jugada no solamente estremeció al salado Estadio Azúl; también reactivó en la memoria colectiva cementera la impresión de que la historia estaba preparándose otra vez para repetirse. Cruz Azul llegaba a la final cargando el peso emocional de doce finales perdidas, una cifra que durante años terminó convirtiéndose en una condena psicológica alrededor del club y aunque seguía habiendo optimismo algunos temores pudieron aparecer entre los aficionados.
Del otro lado aparecía un Pumas fortalecido no solamente desde lo futbolístico, sino también desde la narrativa emocional que acompañó toda su temporada. El conjunto universitario terminó como superlíder del torneo con 36 puntos y la mejor ofensiva del campeonato, incluso eliminó a su eterno rival: el América, situación que alimentaba entre su afición la sensación de que el club estaba destinado a recuperar aquella vieja mística competitiva que históricamente convirtió a los auriazules en uno de los equipos más temperamentales, simbólicos y exitosos del futbol mexicano. Además, la presencia del ex-merengue Keylor Navas reforzaba todavía más esa percepción de seguridad alrededor del equipo universitario. Cada intervención suya parecía transmitir autoridad, jerarquía y experiencia internacional, mientras su liderazgo bajo los tres palos convertía al legendario portero costarricense en una figura emocional capaz de sostener la tranquilidad colectiva incluso durante los momentos más tensos de la serie.
Sin embargo, la final también comenzó a rodearse de historias personales que lentamente transformaron el partido en un relato de redención, resignación y supervivencia emocional. Joel Huiqui llegó al banquillo celeste como técnico interino en la jornada 17, y desde ahí hilvanó triunfos y solamente un empate en la semifinal frente a Chivas, resultados que terminaron catapultando al equipo hasta la Gran Final. Su presencia adquirió rápidamente un significado mucho más profundo que el simple cambio de entrenador, especialmente porque Huiqui siendo futbolista había vivido en carne propia varias de las derrotas más dolorosas del club. Durante años formó parte de planteles marcados por finales perdidas, desplomes emocionales y noches donde Cruz Azul parecía incapaz de escapar de sus propios fantasmas. Por eso, su aparición en la banca terminó convirtiéndose en una especie de revancha histórica: la posibilidad de conquistar desde la dirección técnica el campeonato que jamás pudo lograr como jugador.
Esa carga emocional inevitablemente contrastaba con la figura de Martín Anselmi, el último entrenador cementero que parecía destinado a consagrase y perdió la final, aquella del Clausura 2024 frente al odiado América. En medio de tensiones y conflictos decidió abandonar el club en 2025 para marcharse al Porto, sin embargo su nombre seguía apareciendo alrededor de Cruz Azul como referencia inmediata de un ciclo marcado por frustraciones deportivas, expectativas incumplidas y una sensación permanente de deuda emocional con la afición celeste.
Con todos esos antecedentes acumulándose alrededor del partido, Ciudad Universitaria recibió la vuelta de la Gran Final bajo un ambiente de presión absoluta y tensión emocional permanente. El Estadio Olímpico Universitario apareció completamente lleno y dividido entre dos emociones radicalmente distintas: de un lado, un puñado de fans celestes con la esperanza de romper finalmente con los históricos fracasos; del otro, miles de fans radiando orgullo, apoyo y su confianza en que Pumas confirmaría el dominio futbolístico mostrado durante el torneo. Mientras la afición auriazul se aferraba a la mística institucional de Pumas y a la figura internacional de Keylor Navas, la hinchada celeste llegaba con ánimos pero acompañados de recuerdos traumáticos.
Alrededor de Efraín Juárez, exjugador puma, además de la admiración de millones por su temporada y su éxito como DT en Colombia, también comenzaban a crecer las críticas. Sus constantes declaraciones sobre el arbitraje, las supuestas ayudas al Cruz Azul y algunas decisiones tácticas tomadas durante la liguilla, empezaron a colocarlo bajo una presión mediática cada vez más intensa, antes del partido definitivo. La final dejó entonces de jugarse únicamente desde lo futbolístico y comenzó a trasladarse hacia el terreno emocional y psicológico. Huiqui entendió rápidamente esa dimensión invisible del partido y apostó por un equipo resiliente, sabiendo que Cruz Azul no solamente enfrentaba a Pumas, sino también a la memoria colectiva de sus propias tragedias deportivas.
El primer golpe emocional de la noche llegó al minuto 30. El paraguayo Robert Morales encontró un espacio dentro del área y marcó el 1-0 que hizo estallar a Ciudad Universitaria. El delantero parecía convertirse en el héroe definitivo de la final y reafirmar la narrativa de superioridad universitaria que acompañó a Pumas durante prácticamente todo el campeonato. Mientras el Olímpico Universitario explotaba en euforia, Cruz Azul volvió a verse atrapado entre la ansiedad, la presión y el temor de fracasar. Durante varios minutos, el equipo cementero pareció nuevamente secuestrado por sus propios fantasmas.
Sin embargo, la Gran Final comenzó a transformarse desde el vestidor durante el medio tiempo. Mientras Pumas parecía tener control emocional absoluto del partido y la euforia universitaria envolvía completamente el estadio, Joel Huiqui comprendió que aquella final no podía resolverse únicamente con la táctica. El técnico entendió que la verdadera batalla estaba ocurriendo en el aspecto mental. Más tarde revelaría que su mensaje durante el medio tiempo fue “muy simple, muy básico”, aunque profundamente orientado hacia la paciencia, el orden y el control emocional: “el partido se va a abrir cuando tengamos una oportunidad de gol, pero tengamos paciencia, orden en el trabajo y en la parte ofensiva también”. Huiqui incluso dijo que al entrar al vestidor encontró a sus propios jugadores corrigiéndose entre ellos mismos, convencidos de que podían cambiar la historia. Ese instante terminó convirtiéndose en el verdadero punto de inflexión emocional del equipo.
Cruz Azul salió al segundo tiempo con una energía completamente distinta. El equipo adelantó líneas, comenzó a disputar cada balón con desesperación histórica y trato de jugar con la urgencia emocional de quien siente escaparse otra oportunidad irrepetible. Entonces apareció la jugada que modificó definitivamente la narrativa de la Gran Final. Al minuto 53, Rubén Duarte marcó en propia puerta y le devolvió la esperanza al conjunto cementero. El autogol silenció momentáneamente a Ciudad Universitaria y sembró dudas en un equipo felino que hasta entonces parecía controlar emocional y futbolísticamente el encuentro.
A partir de ese momento, el partido entró en una dimensión completamente caótica. Las faltas comenzaron a multiplicarse, el panameño Adalberto Carrasquilla al igual qué el argentino Paradela en el primer tiempo, salió del campo lesionado, las discusiones arbitrales crecieron y la táctica se convirtió en una batalla emocional de nervios, tensión y desgaste psicológico. Las expulsiones de Uriel Antuna y Ángel Rico terminaron reflejando perfectamente ese ambiente de desesperación acumulada. Para Antuna, además, la tarjeta roja terminó reforzando una narrativa particularmente dolorosa: la maldición de las finales perdidas consecutivamente. Primero como jugador de Cruz Azul, después con Tigres y ahora con Pumas, el extremo volvió a quedar marcado por otro fracaso decisivo, agravado todavía más debido a su expulsión en el momento más crítico del partido.
Con el empate global y el reloj acercándose lentamente al final, Pumas parecía sostenerse gracias a la experiencia de Keylor Navas, quien volvió a responder bajo presión y mantuvo con vida a los universitarios durante los momentos más complicados del cierre. Pero las finales mexicanas parecen estar escritas en un guion dramático; el Clausura 2026 terminó reforzando nuevamente esa vieja creencia futbolística donde los campeonatos se definen en la agonía del último minuto.
Entonces al minuto 90+4 apareció Rodolfo Rotondi en el área puma. El argentino giro y disparo un balón de rebote en el breve espacio que tuvo de frente, clavando un rayo al costado izquierdo de Keylor Navas. Goooooool, anotación que definió un triunfo de 2-1 que entregó el campeonato a Cruz Azul. Ese gol cayó como una liberación emocional colectiva para el conjunto cementero y como un derrumbe absoluto en los Pumas. Mientras la banca celeste explotaba en euforia quitándose el nerviosismo acumulado, el rostro de Juárez estaba desencajado, y Keylor Navas observaba resignado cómo el balón salía lentamente de su arco, después de haber sostenido durante gran parte de la final la esperanza universitaria.
Rodo Rotondi se convirtió inmediatamente en el héroe definitivo de la final. El futbolista pasó de cargar durante meses con señalamientos constantes de afición y medios, que en distintos momentos lo colocaron como uno de los villanos y rostro de las frustraciones recientes de Cruz Azul, a convertirse en el futbolista que terminó entregándole la Décima al club cementero. Después del partido, todavía envuelto entre lágrimas y emociones acumuladas, reconoció públicamente el peso emocional de aquel gol y agradeció el respaldo recibido durante sus momentos más difíciles: “Agradecer a la gente que me bancó”. Su transformación terminó representando una especie de reivindicación deportiva dentro del imaginario cementero, especialmente después de esa final perdida ante el América. Más tarde dedicaría el gol a su familia, gesto que posteriormente sería retomado por Víctor Velázquez al llamarlos "este cabrón" y hablar sobre el significado emocional del campeonato, sobre la resiliencia de un futbolista que se quería ir y ahora fue héroe en la noche más importante del torneo.
El presidente Velázquez también explicó que el campeonato no era producto de la casualidad, sino consecuencia de un proyecto construido desde la disciplina, el trabajo diario y la planificación institucional. El título representó además un éxito económico importante para Cruz Azul, que embolsó 4.1 millones de dólares por conquistar el campeonato y un millón adicional por haber terminado como el mejor equipo de la temporada. Incluso los festejos del directivo frente a la afición universitaria provocaron polémica en redes sociales, intensificando todavía más la rivalidad emocional entre ambos clubes.
En contraste, las cámaras captaron a un Efraín Juárez completamente devastado después del gol de Rotondi. Un video difundido posteriormente por TUDN y viralizado rápidamente en redes sociales mostró al entrenador universitario pronunciando una frase cargada de resignación absoluta: “Vale verga wey, ya no queda nada wey, se acabó… te juro que ya no somos campeones”. La escena terminó convirtiéndose en una de las imágenes más dolorosas y simbólicas de la final, reflejando el derrumbe emocional universitario en cuestión de segundos.
La derrota también reactivó inmediatamente las supersticiones que históricamente rodean al futbol mexicano. Muchos aficionados recordaron que el defensor puma Nathan Silva tocó el trofeo antes de la final, gesto que rápidamente fue interpretado como una especie de maldición deportiva. Su error en la recta final alimentó todavía más la narrativa del “cruzazuleo”, aunque esta vez invertida: el club históricamente perseguido por las tragedias terminó trasladando el peso emocional de la derrota hacia su rival. Incluso las cábalas universitarias parecieron insuficientes frente al desenlace de la noche. La camiseta utilizada por Keylor Navas evocó inevitablemente la imagen del histórico portero auriazul Olaf Heredia, reforzando entre aficionados la sensación de continuidad simbólica con los grandes equipos universitarios de los años ochenta. Sin embargo, ni la mística, ni los rituales, ni la memoria histórica lograron resistir el impacto emocional provocado por el gol de Rotondi.
La Décima terminó llegando para Cruz Azul de una manera profundamente simbólica y hasta contradictoria. El club volvió a coronarse evocando sus días de equipo local administrativo en Ciudad Universitaria, precisamente la casa de Pumas, en aquel campeonato de Concachampions de 2025. Además, esos dos títulos fueron conquistados bajo la dirección de entrenadores interinos surgidos desde las fuerzas básicas del propio club, circunstancia que terminó reforzando la idea de que Cruz Azul tenía la suerte de campeón encontrando estabilidad justamente en medio de la incertidumbre institucional que durante años pareció consumirlo.
La Final del Clausura 2026 terminó convirtiéndose en mucho más que un simple partido de futbol. Fue un relato construido desde antecedentes dolorosos, tragedias deportivas, personajes emocionalmente marcados, supersticiones históricas y cábalas que parecían perseguir cada minuto de la serie. Robert Morales abrió la esperanza universitaria, Keylor Navas la sostuvo con jerarquía internacional y Rodolfo Rotondi terminó arrebatándola con un gol letal que transformó completamente la historia emocional de la noche. Joel Huiqui rompió finalmente su propia maldición después de haber pertenecido durante años a planteles marcados por el fracaso; Efraín Juárez quedó señalado por la polémica y por la crudeza de su resignación pública; Nathan Silva terminó apropiándose involuntariamente de la narrativa del “cruzazuleo”, mientras Uriel Antuna volvió a abrazar la pesada maldición de las finales perdidas. Las cábalas universitarias no bastaron para sostener a Pumas y Cruz Azul, perseguido durante décadas por fantasmas deportivos y tragedias futbolísticas, terminó derribando finalmente sus propias sombras para conquistar la Décima. La reivindicación heroica de Rotondi, la reaparición emocional de Martín Anselmi mediante un mensaje de felicitación que terminó funcionando como cierre simbólico de viejas tensiones institucionales; el respaldo institucional de Víctor Velázquez hacia Huiqui y los festejos desatados en distintos puntos de la República Mexicana terminaron mostrando cómo el campeonato funcionó simultáneamente como cierre de ciclos, suavizante de viejas fricciones y nacimiento de una nueva empatía institucional alrededor de Cruz Azul.
A pesar de su carácter fuerte, rudo y perfeccionista, Emilio "El Indio" Fernández reunió en un mismo set cinematográfico a decenas de las más grandes estrellas del cine mexicano de los años cincuenta. La logística de su proyecto se volvió un reto monumental: acomodar a tantas figuras en un mismo plano y espacio era casi imposible, pues cada una representaba un universo propio de fama, estilo y personalidad. Se cuenta que entonces "El Indio" Fernández, con voz firme, pidió silencio absoluto y pronunció en su característico tono tosco: “Hoy no hay protagonistas, todos son México”.
Aquella frase no fue solo un gesto de autoridad, sino una declaración de sentido profundo. En su película titulada Reportaje, cada actor y actriz participante encarnaba un fragmento de la nación, un rostro distinto de un México que vivía múltiples historias simultáneas en un día especial como la víspera de Año Nuevo. Allí estaban Pedro Infante con su carisma popular, María Félix irradiando orgullo y fuerza, Jorge Negrete como símbolo del carácter ranchero, Dolores del Río con su elegancia distinguida, y Libertad Lamarque aportando su sensibilidad melodramática. A su lado, la picardía de Germán Valdés “Tin Tan”, la gracia de Joaquín Pardavé, la sobriedad de Arturo de Córdova, la presencia firme de Ernesto Alonso, y la intensidad de Víctor Parra se entrelazaban con la frescura de Carmen Montejo, la belleza serena de Columba Domínguez, el misterio de Miroslava, y el exotismo de Carmen Sevilla o Lola Flores.
El conjunto se completaba con la autoridad de Fernando Soler, la complicidad de sus hermanos Andrés y Domingo Soler, y la voz inmortal de Pedro Vargas, entre muchos otros. Cada uno representaba un matiz distinto de la identidad mexicana: la alegría, la nostalgia, la pasión, la esperanza. En esa noche de fin de año, todos ellos se convirtieron en espejos de un país plural que celebraba, soñaba y se reconocía en la diversidad de sus rostros. La película, más que un relato, se transformó en un mural cinematográfico donde México entero aparecía reflejado, sin jerarquías, como un coro de voces que narraban la simultaneidad de su destino.
El 12 de noviembre de 1953, en el cine Chapultepec de la Ciudad de México completamente abarrotado, se estrenó Reportaje. La película combina comedia, drama, misterio e historias cruzadas. Con fotografía de Alex Phillips y música de Antonio Díaz Conde, la trama se sitúa en la víspera de Año Nuevo: Bernardo, dueño de un periódico, discute con su director Gámez Rivera y lanza un reto, otorgar un premio de diez mil pesos al reportero que consiga la mejor noticia de esa noche. Los periodistas se dispersan por la ciudad y, en su búsqueda, se entrelazan múltiples relatos que muestran un México vivo, complejo y simultáneo, donde cada historia refleja una faceta distinta de la sociedad en un momento de celebración y expectativa.
Aunque hubo ausencias notables como Cantinflas, Pedro Armendáriz y Sara García, la película reunió a la mayoría de las grandes figuras de la época. Producida por la Asociación Nacional de Actores (ANDA), Periodistas Cinematográficos de México (PECIME) y Tele-Voz S.A., Reportaje se convirtió en un documento histórico que capturó la pluralidad de voces y destinos del México que celebra, sueña y enfrenta sus problemas en un instante simbólico: el umbral del nuevo año.
Hoy, más de siete décadas después, esta obra sigue viva como testimonio de la identidad nacional y de la fuerza del cine mexicano. Por cortesía de ADDClipVideo, el canal de Yomicubo en YouTube, disfruta de esta joya histórica y acompaña a las leyendas del cine en un relato que sigue siendo memoria viva de nuestra identidad cultural.
Este fin de año 2025 es el momento perfecto para dejarse llevar por las grandes historias de la pantalla cinematográfica. En el Blog del Profesor ART te invitamos al cineclub Yomitub, que ha preparado cinco salas para compartir con nuestra audiencia películas que mezclan aventura, nostalgia, fantasía y emoción. Para entrar a una sala basta con hacer click en los posters de la siguiente cartelera:
Sala A: La Otra Cara de la Luna (Fly Me to the Moon)
Dirigida por Greg Berlanti y protagonizada por Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson y Ray Romano, esta comedia romántica ambientada en la carrera espacial del Apolo 11 muestra cómo una experta en marketing y un director de lanzamiento enfrentan la presión de la Casa Blanca para asegurar el éxito de la misión, combinando humor, romance y tensión histórica en una historia que mezcla lo íntimo con lo épico.
Sala B: Frankenstein
La nueva adaptación dirigida por Guillermo del Toro reúne a Oscar Isaac como Victor Frankenstein, Jacob Elordi como la criatura y Mia Goth junto a Christoph Waltz y Charles Dance en un relato gótico que retoma el clásico de Mary Shelley; aquí, la ambición de un científico por vencer a la muerte desata consecuencias devastadoras, con una atmósfera oscura y un elenco de lujo que promete renovar el mito para una nueva generación.
Sala C: Robot Salvaje (The Wild Robot)
Con dirección de Chris Sanders y voces de Lupita Nyong’o, Pedro Pascal, Kit Connor, Catherine O’Hara, Bill Nighy, Stephanie Hsu y Mark Hamill, esta animación de DreamWorks narra la historia de Roz, un robot que tras un accidente debe aprender a convivir con la naturaleza y los animales en una isla desierta, ofreciendo una aventura conmovedora que combina tecnología, ecología y emociones universales.
Sala D: Cómo Entrenar a tu Dragón
La nueva versión de Live Action dirigida por Dean DeBlois revive la épica historia de Hipo y Desdentado, ahora es un universo vikingo más realista. Mason Thames interpreta a Hipo, Nico Parker a Astrid y Gerard Butler regresa como Stoick el Vasto, en una adaptación que busca mantener la magia y emoción de la animación original, pero con una visual que potencia la relación entre humanos y dragones. Esta película promete ser un puente entre la nostalgia de los fans y una nueva generación que descubrirá la fuerza de la amistad y la valentía en un mundo lleno de criaturas legendarias..
Sala E: Beetlejuice, Beetlejuice
El regreso del espíritu más irreverente llega de la mano de Tim Burton y un elenco encabezado por Michael Keaton, Winona Ryder, Jenna Ortega, Catherine O’Hara, Monica Bellucci y Willem Dafoe; en esta esperada secuela, Beetlejuice vuelve para desatar caos en el mundo de los vivos con humor negro y estética gótica, reuniendo nostalgia y frescura en una comedia fantástica que celebra el estilo único de Burton.
🎬 ¡Este maratón de fin de año está listo!
Bienvenidos a estas cinco salas, con cinco mundos distintos para perderse entre risas, aventuras y reflexiones. Solo en Yomitub, el espacio donde el cine se disfruta con pasión.
Una
gélida víspera de la navidad de 1958, en el añorado pueblo de Tezoatlán,
Oaxaca, soplaba un aire seco que se colaba entre las rendijas de las puertas y
ventanas de las casas de adobe. Quienes caminaban por las calles estrechas
sentían el frío y apuraban el paso, haciendo crujir las ramas secas y la
hojarasca caída que cubría el camino. En aquel lugar no había lujos ni
abundancia, solo la sencillez de la vida campesina, marcada por la tierra dura
y el trabajo cotidiano.
En casa,
el joven Arturo Rosales ya se había desocupado de sus labores matutinas y se
daba un tiempo para limpiar con esmero un objeto que consideraba un tesoro: era
un grueso disco de vinilo que había conseguido con sacrificio y curiosidad.
Mientras lo sostenía, pensaba que la música era una ventana secreta hacia un
mundo más amable. La portada, suavemente desgastada por el trayecto desde la
capital mexicana, mostraba en el centro la silueta elegante de un director con
un violín en la mano, rodeado por parejas danzantes en atuendos vaporosos, que
parecían girar al compás de un ritmo eterno. Sobre el fondo azul con acentos
rojos y crema se leía en letras refinadas: “STRAUSS POLKAS – The Vienna Symphony Orchestra – Robert Stolz – Conductor” Más abajo, como una muestra del
contenido, aparecían los títulos de los valses de Johann Strauss: Tales of
the Vienna Woods, Morning Journals, Fledermaus y Wine, Women and Song.
Click para escuchar el disco original
Arturo
miraba con fascinación, como si aquel cartón ilustrado pudiera transportarlo
más allá de las calles polvorientas de su pueblo. Imaginaba al maestro Stolz destacando
en un esplendoroso auditorio europeo, rodeado de músicos vestidos de gala,
dirigiendo con gesto firme y delicado los acordes de los valses de Strauss. En
aquel momento no sabía que Robert Elisabeth Stolz, nacido en 1880 en Graz,
Austria, y formado en el Conservatorio de Viena, fue un destacado compositor y
director de orquesta que dedicó su vida a difundir la tradición vienesa a
través de operetas, música de cine y la interpretación magistral de los valses
de Johann Strauss, hasta fallecer en Berlín durante 1975.
Aquella
figura no era solo un icono en la portada, sino la encarnación de un universo
sonoro que Arturo recreaba en su imaginación. En su mente, los violines sonaban
claros y ágiles, marcando la melodía principal con precisión y ligereza; los
metales entraban con firmeza, aportando brillo y energía; mientras los
contrabajos sostenían el ritmo con un pulso profundo y constante que parecía
acompasarse con su propia emoción. Él pensaba que ese disco era un espacio
donde cada acorde se conjugaba en una composición musical que provocaba entusiasmo,
inspiración y alegrías. Por eso lo cautivaban las notas del vals Morning
Journals, que le infundían un gran ánimo positivo, invitándolo a bailar con
pasos pausados y cadenciosos, llenos de reverencias y elegancia. En contraste
con la pobreza material de su entorno, aquella riqueza espiritual lo hacía
sentir parte de un mundo más vasto y luminoso.
Deseoso
de compartir su deleite musical de valses y polkas, abrió el viejo tocadiscos
de pilas que descansaba sobre una mesa de madera desgastada. El aparato, con su
cubierta ya rayada y bisagras descoloridas, parecía un milagro tecnológico en
aquel humilde hogar. Colocó el vinilo con cuidado y bajó la aguja con destreza.
Un leve crujido sonó en la habitación, seguido por el fluir delicado de las
primeras notas de su vals favorito.
Escuchar "Strauss Polkas - Morning Journals"
La música se expandió, transformando el
ambiente de ese cuarto de adobe que compartía toda la familia en un salón
imaginario. Arturo observaba cómo sus padres se dejaban llevar por aquella
armonía. Su papá Abdón levantó la vista del telar en que trabajaba y, por un
momento, dejó que la música lo envolviera. Su mamá Josefa, con una sonrisa
tímida, continuó su labor hogareña, aunque parecía escuchar no solo la melodía,
sino también la promesa de un día más amable.
Con el
paso de los años, Arturo mantuvo vivo su gusto por los clásicos desde que
descubrió el disco de Robert Stolz. Sin embargo, aquella fascinación aumentó
más de cuatro décadas después, cuando Arturo descubrió la obra del violinista y
director neerlandés André Rieu, un músico que ha sabido transformar los
conciertos sinfónicos en auténticas celebraciones, ofreciendo un espectáculo
accesible, emocionante y capaz de conmover tanto a conocedores como a los
curiosos de este género.
En los
primeros años del nuevo milenio, Arturo tuvo la oportunidad de ver un DVD del
concierto de Maastricht de 2009. Aquellas imágenes, viendo la orquesta
desplegada en la plaza central de la ciudad natal de Rieu, le recordaron de
inmediato la emoción de su juventud. Escuchar El Danubio Azul de Strauss
y demás obras musicales, interpretadas con frescura y entusiasmo, le
despertaron el mismo fervor que había sentido con el viejo vinilo. Sin embargo,
su experiencia más grata sucedió el 17 de octubre de 2015, cuando asistió en
compañía de su familia al Auditorio Nacional para
presenciar en vivo un concierto de André Rieu y la Johann Strauss Orkest en la CDMX.
Aquella
noche, el recinto capitalino se transformó en el escenario que Arturo había
soñado desde su juventud, cuando escuchaba valses en su extinto tocadiscos.
Ahora sentado junto a su esposa, rodeado de sus hijos, su nuera y con sus
nietas atestiguando por primera vez aquel universo sonoro, confirmó la certeza
que lo había acompañado desde joven: la música es un refugio que nos sostiene,
una ventana secreta hacia un mundo más amable, un puente que une generaciones y
un legado inmortal que enlaza recuerdos con esperanzas. Comprendió que, así como
en la vida, la verdadera grandeza de las melodías no está solo en las notas,
sino en la capacidad de reunir a la familia, de despertar la alegría común y
recordarnos que la belleza florece incluso en los lugares más humildes, siempre
que se comparte con quienes amamos.