Era un pequeño lomito marrón claro, inquieto, de apariencia mestiza y grifón, de pelo revuelto, orejas caídas y sus ojos nobles que parecían decir que su misión de vida fue: querer a su amo y dejarse querer. Se llamaba Ja-Chico.
Su tierna apariencia conquistó el corazón de su madrina Lizbeth y fue ella quien lo salvó de un destino que parecía ya escrito. Algún día de 2010 lo vio hacinado en un cajón entre otros pequeños cachorritos que un desalmado revendedor mantenía allí para comerciar en la calle. Ella no quiso irse y olvidarlo, por eso regresó decidida a traerlo. Lo tomó entre sus brazos protegiéndolo y después lo llevó consigo hasta aquella casa donde, sin saberlo, Ja-Chico encontraría algo mucho más grande que un refugio: encontraría una familia.
Durante dieciséis años anduvo de arriba a abajo en aquella casa, que desde entonces fue su hogar. Conoció cada uno de sus pisos, recorrió sus habitaciones, durmió en sus rincones favoritos y aprendió los sonidos de cada hora del día. Al anochecer, esperaba la llegada de los demás junto a la puerta o acurrucado en el sofá de la sala. Y así, con el paso de los años, aprendió algo que para una mascota quizá sea una de las formas más puras de conocer el mundo: cada voz tenía un nombre, y cada nombre significaba algo. Una voz traía saludos; otra, abrazos; alguna más, una caricia. Y casi todas, tarde o temprano, significaban alimento. Aquella casa de la familia Rosales Reyes dejó de ser simplemente el lugar donde vivía. Se convirtió en su mundo feliz.
Lamentablemente desde hace pocos años Ja-Chico ya no era el mismo. La vejez había desactivado parte de su movilidad, también limitó su mirada y confundía sus recuerdos, pero todavía reconocía a Churys, a Cachis, a Pekita, y especialmente a Glorita, de quien se había convertido en su acompañante permanente. También sabía quiénes eran Ody y Mazapán y, aunque con Nupy y Caramelo nunca llevó muy bien las cosas, también los reconocía.
Pero había alguien a quien Ja-Chico seguía buscando. Alguien que faltaba en su mundo: el profesor Arturo. Hacía seis años que no lo veía. Quizá su memoria de mascota nunca pudo contestarle solamente dos preguntas:
—¿Dónde esta?
—¿Por qué no lo veo?
Pero algo dentro de Ja-Chico se resistía a olvidarlo. Algunas mañanas parecía quedarse quieto, mirando hacia un lugar de la casa, como si esperara que de pronto apareciera aquella figura que durante tantos años había formado parte de su vida.
Recordaba las mañanas al despertar, bajaba a la cocina, ahí la profesora Gloria estaba junto a la estufa preparando el desayuno y el profesor Arturo se sentaba a la mesa con su taza de café, su atole, su arroz o cualquier cosa deliciosa que hubiera preparado ese día.
Entonces sucedía lo de siempre. El profesor servía su plato, tomaba un pedacito de tortilla, le embarraba un poco de aquello que estaba comiendo y, con esa voz que Ja-Chico conocía desde cachorro, lo llamaba:
—¡Jaachiii...!
Y Ja-Chico acudía.
Nunca fue alguien que comiera solamente comida de perrijo. El profesor Arturo siempre encontraba la manera de convidarle de los manjares de la mesa. Para Ja-Chico aquellos pedacitos de tortilla no eran simplemente comida. Eran una forma de decirle: eres un consentido de la familia.
Paso el tiempo. Y un día, después de aquella temporada en que la familia permaneció encerrada en casa, el profesor Arturo se fue. Ja-Chico nunca entendió por qué.
Ahora, al final de agosto de 2026, cuando el verano culmina con su esplendor y cede el paso a una plenitud dorada que entraña el inicio melancólico de las despedidas, Ja-Chico involuntariamente comenzaba a despedirse. La enfermedad le había llegado de repente y le estaba robado su tiempo y sus fuerzas, toda la familia se alertó y lo llevaron inmediatamente al veterinario, en donde se quedo hospitalizado, pues había momentos en que sentía un dolor tan intenso que apenas podía moverse. Sin embargo, cuando lograba descansar un poco Ja-Chico recuperaba su voluntad de continuar adelante con su familia, pero algo extraño ya le estaba sucediendo, percibía una presencia. No podía verla. No podía distinguirla. Pero la conocía. Era una voz.
—¡Jaachiii...!
Intentaba levantarse, quería llegar hasta ella, averiguar quién le llamaba. Pero el dolor lo detenía y lo devolvía en aquella interminable agonía haciéndole perder la noción del tiempo.
Ocasionalmente veía a su alrededor ese lugar donde lo atendían, a quienes lo curaban y sus familiares que iban a visitarlo. Ja-Chico no entendía los comentarios hacía él, pero sí reconocía los rostros: preocupación, tristeza, impotencia... y esa resignación silenciosa que aparece cuando el amor ya no puede hacer nada más que acompañar.
Entonces sucedió que su pequeño cuerpo volvió a estremecerse. Un fuerte espasmo lo recorrió desde la nariz hasta sus patitas sintiendo que ya no podía más. Algo le administraron para calmarlo, para tranquilizarlo y, poco a poco, consiguió relajarse.
Recuperó algo de conciencia, pero le aplicaron otro medicamento y por ello los sonidos comenzaron a alejarse. Las voces se volvieron distantes, difusas. El mundo dejó de tener contornos, se nubló. Y entonces, por primera vez en todo el tiempo de enfermedad, el dolor comenzó a desaparecer. Ja-Chico cerró sus ojitos. Sintió que empezaba a flotar en un sueño profundo y tranquilo. Ya no se sentía como un lomito viejo. No le dolían las patas. No estaba cansado.
De pronto escuchó nuevamente aquella voz. Esta vez, mucho más cerca y clara, eso lo motivaba a levantarse.
—¡Jaachiii...!
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico abrió los ojos y sintió un ímpetu. Al fin pudo levantarse sin ayuda. Sus patas volvieron a ser fuertes. Su cuerpo ligero. Su mirada clara. Se sintió como en sus años de cachorro.
Quiso ver a Churys, Cachis y Pekita, correr hacia ellas, pero la voz volvió a llamarlo.
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico se detuvo. Entonces olfateó y un aroma familiar llegó hasta él. Era algo que los años no habían podido borrar de su nariz. Volvió a olfatearlo. Y comenzó a caminar hacia aquella presencia.
La voz insistía.
—¡Jaachiii...!
Ja-Chico avanzó. Cada paso era más ligero. Cada vez estaba más cerca y más cerca.
Hasta que llegó. Levantó la mirada y finalmente, descubrió que ahí estaba la respuesta a sus preguntas.
¡El Llamado!


