Este fin de año 2025 es el momento perfecto para dejarse llevar por las grandes historias de la pantalla cinematográfica. En el Blog del Profesor ART te invitamos al cineclub Yomitub, que ha preparado cinco salas para compartir con nuestra audiencia películas que mezclan aventura, nostalgia, fantasía y emoción. Para entrar a una sala basta con hacer click en los posters de la siguiente cartelera:
Sala A: La Otra Cara de la Luna (Fly Me to the Moon)
Dirigida por Greg Berlanti y protagonizada por Scarlett Johansson, Channing Tatum, Woody Harrelson y Ray Romano, esta comedia romántica ambientada en la carrera espacial del Apolo 11 muestra cómo una experta en marketing y un director de lanzamiento enfrentan la presión de la Casa Blanca para asegurar el éxito de la misión, combinando humor, romance y tensión histórica en una historia que mezcla lo íntimo con lo épico.
Sala B: Frankenstein
La nueva adaptación dirigida por Guillermo del Toro reúne a Oscar Isaac como Victor Frankenstein, Jacob Elordi como la criatura y Mia Goth junto a Christoph Waltz y Charles Dance en un relato gótico que retoma el clásico de Mary Shelley; aquí, la ambición de un científico por vencer a la muerte desata consecuencias devastadoras, con una atmósfera oscura y un elenco de lujo que promete renovar el mito para una nueva generación.
Sala C: Robot Salvaje (The Wild Robot)
Con dirección de Chris Sanders y voces de Lupita Nyong’o, Pedro Pascal, Kit Connor, Catherine O’Hara, Bill Nighy, Stephanie Hsu y Mark Hamill, esta animación de DreamWorks narra la historia de Roz, un robot que tras un accidente debe aprender a convivir con la naturaleza y los animales en una isla desierta, ofreciendo una aventura conmovedora que combina tecnología, ecología y emociones universales.
Sala D: Cómo Entrenar a tu Dragón
La nueva versión de Live Action dirigida por Dean DeBlois revive la épica historia de Hipo y Desdentado, ahora es un universo vikingo más realista. Mason Thames interpreta a Hipo, Nico Parker a Astrid y Gerard Butler regresa como Stoick el Vasto, en una adaptación que busca mantener la magia y emoción de la animación original, pero con una visual que potencia la relación entre humanos y dragones. Esta película promete ser un puente entre la nostalgia de los fans y una nueva generación que descubrirá la fuerza de la amistad y la valentía en un mundo lleno de criaturas legendarias..
Sala E: Beetlejuice, Beetlejuice
El regreso del espíritu más irreverente llega de la mano de Tim Burton y un elenco encabezado por Michael Keaton, Winona Ryder, Jenna Ortega, Catherine O’Hara, Monica Bellucci y Willem Dafoe; en esta esperada secuela, Beetlejuice vuelve para desatar caos en el mundo de los vivos con humor negro y estética gótica, reuniendo nostalgia y frescura en una comedia fantástica que celebra el estilo único de Burton.
🎬 ¡Este maratón de fin de año está listo!
Bienvenidos a estas cinco salas, con cinco mundos distintos para perderse entre risas, aventuras y reflexiones. Solo en Yomitub, el espacio donde el cine se disfruta con pasión.
Una
gélida víspera de la navidad de 1958, en el añorado pueblo de Tezoatlán,
Oaxaca, soplaba un aire seco que se colaba entre las rendijas de las puertas y
ventanas de las casas de adobe. Quienes caminaban por las calles estrechas
sentían el frío y apuraban el paso, haciendo crujir las ramas secas y la
hojarasca caída que cubría el camino. En aquel lugar no había lujos ni
abundancia, solo la sencillez de la vida campesina, marcada por la tierra dura
y el trabajo cotidiano.
En casa,
el joven Arturo Rosales ya se había desocupado de sus labores matutinas y se
daba un tiempo para limpiar con esmero un objeto que consideraba un tesoro: era
un grueso disco de vinilo que había conseguido con sacrificio y curiosidad.
Mientras lo sostenía, pensaba que la música era una ventana secreta hacia un
mundo más amable. La portada, suavemente desgastada por el trayecto desde la
capital mexicana, mostraba en el centro la silueta elegante de un director con
un violín en la mano, rodeado por parejas danzantes en atuendos vaporosos, que
parecían girar al compás de un ritmo eterno. Sobre el fondo azul con acentos
rojos y crema se leía en letras refinadas: “STRAUSS POLKAS – The Vienna Symphony Orchestra – Robert Stolz – Conductor” Más abajo, como una muestra del
contenido, aparecían los títulos de los valses de Johann Strauss: Tales of
the Vienna Woods, Morning Journals, Fledermaus y Wine, Women and Song.
Click para escuchar el disco original
Arturo
miraba con fascinación, como si aquel cartón ilustrado pudiera transportarlo
más allá de las calles polvorientas de su pueblo. Imaginaba al maestro Stolz destacando
en un esplendoroso auditorio europeo, rodeado de músicos vestidos de gala,
dirigiendo con gesto firme y delicado los acordes de los valses de Strauss. En
aquel momento no sabía que Robert Elisabeth Stolz, nacido en 1880 en Graz,
Austria, y formado en el Conservatorio de Viena, fue un destacado compositor y
director de orquesta que dedicó su vida a difundir la tradición vienesa a
través de operetas, música de cine y la interpretación magistral de los valses
de Johann Strauss, hasta fallecer en Berlín durante 1975.
Aquella
figura no era solo un icono en la portada, sino la encarnación de un universo
sonoro que Arturo recreaba en su imaginación. En su mente, los violines sonaban
claros y ágiles, marcando la melodía principal con precisión y ligereza; los
metales entraban con firmeza, aportando brillo y energía; mientras los
contrabajos sostenían el ritmo con un pulso profundo y constante que parecía
acompasarse con su propia emoción. Él pensaba que ese disco era un espacio
donde cada acorde se conjugaba en una composición musical que provocaba entusiasmo,
inspiración y alegrías. Por eso lo cautivaban las notas del vals Morning
Journals, que le infundían un gran ánimo positivo, invitándolo a bailar con
pasos pausados y cadenciosos, llenos de reverencias y elegancia. En contraste
con la pobreza material de su entorno, aquella riqueza espiritual lo hacía
sentir parte de un mundo más vasto y luminoso.
Deseoso
de compartir su deleite musical de valses y polkas, abrió el viejo tocadiscos
de pilas que descansaba sobre una mesa de madera desgastada. El aparato, con su
cubierta ya rayada y bisagras descoloridas, parecía un milagro tecnológico en
aquel humilde hogar. Colocó el vinilo con cuidado y bajó la aguja con destreza.
Un leve crujido sonó en la habitación, seguido por el fluir delicado de las
primeras notas de su vals favorito.
Escuchar "Strauss Polkas - Morning Journals"
La música se expandió, transformando el
ambiente de ese cuarto de adobe que compartía toda la familia en un salón
imaginario. Arturo observaba cómo sus padres se dejaban llevar por aquella
armonía. Su papá Abdón levantó la vista del telar en que trabajaba y, por un
momento, dejó que la música lo envolviera. Su mamá Josefa, con una sonrisa
tímida, continuó su labor hogareña, aunque parecía escuchar no solo la melodía,
sino también la promesa de un día más amable.
Con el
paso de los años, Arturo mantuvo vivo su gusto por los clásicos desde que
descubrió el disco de Robert Stolz. Sin embargo, aquella fascinación aumentó
más de cuatro décadas después, cuando Arturo descubrió la obra del violinista y
director neerlandés André Rieu, un músico que ha sabido transformar los
conciertos sinfónicos en auténticas celebraciones, ofreciendo un espectáculo
accesible, emocionante y capaz de conmover tanto a conocedores como a los
curiosos de este género.
En los
primeros años del nuevo milenio, Arturo tuvo la oportunidad de ver un DVD del
concierto de Maastricht de 2009. Aquellas imágenes, viendo la orquesta
desplegada en la plaza central de la ciudad natal de Rieu, le recordaron de
inmediato la emoción de su juventud. Escuchar El Danubio Azul de Strauss
y demás obras musicales, interpretadas con frescura y entusiasmo, le
despertaron el mismo fervor que había sentido con el viejo vinilo. Sin embargo,
su experiencia más grata sucedió el 17 de octubre de 2015, cuando asistió en
compañía de su familia al Auditorio Nacional para
presenciar en vivo un concierto de André Rieu y la Johann Strauss Orkest en la CDMX.
Aquella
noche, el recinto capitalino se transformó en el escenario que Arturo había
soñado desde su juventud, cuando escuchaba valses en su extinto tocadiscos.
Ahora sentado junto a su esposa, rodeado de sus hijos, su nuera y con sus
nietas atestiguando por primera vez aquel universo sonoro, confirmó la certeza
que lo había acompañado desde joven: la música es un refugio que nos sostiene,
una ventana secreta hacia un mundo más amable, un puente que une generaciones y
un legado inmortal que enlaza recuerdos con esperanzas. Comprendió que, así como
en la vida, la verdadera grandeza de las melodías no está solo en las notas,
sino en la capacidad de reunir a la familia, de despertar la alegría común y
recordarnos que la belleza florece incluso en los lugares más humildes, siempre
que se comparte con quienes amamos.
En un pequeño pueblo de los Apalaches, donde las montañas se alzan como murallas de silencio y los bosques de pinos se cubren de nieve, el invierno llegaba con un aire frío y profundo. La nieve caía envolviendo las calles en un silencio que parecía guardar secretos antiguos, mientras las colinas blancas se extendían como un manto protector alrededor de la comunidad.
Dentro de una humilde casa de madera, en la víspera de la Nochebuena el fuego ardía suavemente, iluminando con su resplandor cálido las paredes gastadas por los años. Allí, el abuelo, hombre de memoria y raíces firmes, hablaba con serenidad. Su voz era pausada, como si cada palabra hubiera sido pensada durante décadas. En su interior, sabía que los recuerdos podían ser pesados, pero también comprendía que eran la única forma de mantener viva la esperanza. Por eso, al aludir a "The Spirit of Christmas Past" (El Espíritu de la Navidad pasada), lo hacía con la convicción de que no era un fantasma de lo perdido, sino invocar una fuerza que aguardaba pacientemente para renovarse en cada Nochebuena. Su actitud era la de un maestro silencioso: la espalda recta, las manos abiertas sobre las rodillas, los ojos fijos en el fuego, como si allí se reflejara la memoria de toda su vida.
La madre, sentada cerca del fuego, escuchaba con atención. Su rostro reflejaba esfuerzo y resignación, pero también una calma que nacía de la necesidad de sostener a los suyos. Su pensamiento, se debatía entre la carga por la ausencia del esposo y la fuerza que debía mostrar para que sus hijos sobresalieran. Sabía que no podía dejarse vencer por nada, y por eso, cuando murmuró con una sonrisa tenue: “Tomorrow will be Christmas Day” (Mañana será Navidad), lo hizo no sólo como un recordatorio, sino como una promesa íntima de que la vida seguiría adelante. Su actitud era contenida, casi ritual: las manos juntas sobre el regazo, la mirada baja, pero con un brillo que revelaba que aún creía en la luz que trae la Navidad.
Los niños, inquietos y curiosos, jugaban con las sombras que proyectaba el fuego. Al principio, sus pensamientos eran ligeros, propios de la infancia: imaginaban figuras fantásticas en las paredes, monstruos que se deshacían en humo, héroes que surgían de las llamas. Pero poco a poco, el tono del abuelo y la calma de la madre los fueron envolviendo. En silencio, comenzaron a comprender que aquellas palabras hablaban también de ellos, de su futuro, de la fuerza que debían encontrar en su interior. Sus actitudes cambiaron: dejaron de moverse, se acercaron más al fuego, y sus ojos brillaron con una mezcla de ilusión y melancolía. Uno de los niños apoyó la cabeza en el regazo de la madre, buscando consuelo; otro tomó la mano del abuelo, como si quisiera aferrarse a su sabiduría; la niña más pequeña miró hacia la ventana, convencida de que la nieve que caía llevaba consigo recuerdos de su padre ausente.
La platica del abuelo no era sólo para alejar alguna tristeza, era un llamado a mirar hacia dentro y hallar fuerza en el corazón. En ese instante, como si el viento llevara voz, se oyó un susurro invisible: “Your heart can find another way, believe in what I say” (Tu corazón puede encontrar otro camino, cree en lo que digo). Los pensamientos de la familia se unieron en ese eco: el abuelo recordó su propia juventud y las pérdidas que había superado; la madre sintió que su esposo aún estaba presente; los niños comprendieron que la ausencia no era un vacío, sino semilla de esperanza. Entonces, el frío, la nieve y las sombras que intentaban cubrir los sueños de cada quien se deshicieron, dejando espacio para la claridad y reverberando con una sola idea: “Tomorrow will be Christmas Day” (Mañana será Navidad).
En esa noche, entre abrazos y silencios compartidos, la familia comprendió que The Spirit of Christmas Past no era un fantasma de lo perdido, sino una presencia luminosa que habitaba en la nieve, en el fuego y en las campanas del viento que bajaban desde las montañas de los Apalaches. El abuelo era un guía que enseñaba con paciencia, la madre era un sostén que transformaba la resignación en esperanza, los niños eran una promesa que brillaba en la claridad del futuro, y el padre aunque etéreo estaba presente como memoria viva, que susurraba discretamente.
Por eso cada invierno puede traer mucho frío, oscuridad y silencio, pero la Navidad enciende un fuego interior que disuelve las sombras: el espíritu que viene del pasado no ata, libera; recuerda que cada Nochebuena es un renacer, que la claridad siempre vence a la oscuridad, y que el amor compartido es la verdadera luz que ilumina el camino hacia adelante.
Contaba el abuelo, con voz pausada y ojos que parecían guardar secretos
antiguos, que el Árbol de Navidad no es un objeto cualquiera, sino un símbolo
vivo del ánimo humano. Su raíz se hunde en un pasado lejano, mucho antes de que
la comercialización lo vistiera de artificio. Decía que en las tierras del
Ártico, en la vasta Laponia, donde el invierno cubre los días con oscuridad
casi perpetua porque el sol se oculta durante semanas, la gente vive en noches
que parecen eternas. El espíritu del bosque sabía que el invierno se apoderaba
de aquel lugar, representando un final: no solo el cierre del año, sino la
clausura de un ciclo que inició iluminado por la primavera. Ya en diciembre, la
última estación se despliega: fría, sombría, con noches interminables que
parecen devorar el tiempo. Es como si el mundo murmurara: “hasta aquí llegamos,
solo queda esperar”.
Y claro, todo final pesa. La gente lo sentía en el cuerpo y en el corazón:
la oscuridad apagaba la alegría, las sonrisas se encogían como brasas que se
extinguen, y la esperanza se escondía bajo la nieve, temblorosa, aguardando a
que alguien la despertara.
Fue entonces cuando apareció Brillín,
un elfo curioso y travieso, incapaz de soportar la tristeza de los hombres.
Decidió pedir ayuda al bosque: —“Amigos árboles, ¿No tendrán algún secreto para
devolver la alegría a los habitantes?”
Los robles callaron, los pinos se encogieron, los sauces se desentendieron…
Todos eran viejos y cansados. Los robles, con sus troncos anchos y retorcidos,
preferían guardar silencio: sabían que la sabiduría no siempre se grita, a
veces se calla. Los pinos, vencidos por el frío, inclinaban sus ramas como
ancianos que se protegen del viento. Los sauces, con sus ramas caídas como
lágrimas heladas, conocían demasiado bien la tristeza y apenas podían
sostenerse.
Entonces, entre todos ellos, se alzó un abeto joven: delgadito, testarudo,
con voz clara como el crujido de la nieve recién pisada. No habló con la
gravedad de los viejos, sino con la frescura de la juventud: —“Yo puedo
intentarlo. Mis ramas no se rinden al invierno y me siento con ganas.”
Brillín se emocionó tanto que sus ojos brillaron como luciérnagas. Pensó: “Si
este abeto se atreve a desafiar al invierno, debo ayudarlo adornándolo. Pero sus
ramas son como tocar su corazón, así que debo pedirle permiso.”
El abeto, noble y valiente, aceptó. Entonces Brillín sacó los tesoros que
había guardado en sus viajes: unas estrellas
recogidas en una noche clara, atrapadas como chispas fugaces en la colina más
alta; muchas manzanas rojas
halladas en un huerto olvidado, frutos que aún colgaban como recuerdos de la
cosecha pasada; y numerosas velitas
conseguidas en la aldea, donde los niños las jugaban para espantar las sombras.
Cada objeto tenía un significado profundo: Las estrellas no eran solo luceros
del cielo, sino deseos, que al brillar sirven de guía e inspiración para
encontrar un camino en medio de la oscuridad; las manzanas rojas no eran
simples frutos, sino corazones vivos que hablaban de unión y de la fuerza que
sostiene a la gente incluso en tiempos difíciles; y las velitas, aunque
pequeñas, eran guardianas del espíritu, llamitas humildes que encendían la
calidez dentro del alma y recordaban que la verdadera luz nace cuando se
comparte.
Brillín
subía y bajaba del abeto, colocando con cuidado cada uno de esos tesoros. Sus
manos pequeñas parecían danzar entre las ramas, y el árbol, paciente, se dejaba
vestir con orgullo. Cuando terminó, se apartó unos pasos y contempló la obra.
Era el árbol de las tierras del Ártico, vestido con símbolos que desafiaban la
noche polar.
El elfo,
con voz emocionada, exclamó: —“¡Mírate! Pareces un pedazo de cielo caído en la
tierra. Tus ramas guardan estrellas como si fueran constelaciones, tus manzanas
son como corazones encendidos, y tus velitas… ¡ah, tus velitas parecen
luciérnagas que no se cansan de brillar!”
El abeto,
sintiendo distinto por primera vez, respondió con gratitud: —“Nunca imaginé que
pudiera verme así. Antes era solo un árbol joven, delgado y testarudo… ahora me
siento como un guardián de la luz. Gracias, Brillín, porque me has mostrado que
incluso en la noche más larga puedo ser un faro para los corazones cansados.”
Brillín
sonrió, y sus ojos reflejaron el resplandor del árbol: —“No eres solo un árbol,
eres la promesa de que la oscuridad nunca vence del todo. Hoy luces como un
milagro nacido del bosque.”
Esa noche, la gente que caminaba cabizbaja vio a lo lejos un resplandor
extraño. Al acercarse, descubrieron al joven abeto vestido de estrellas,
manzanas y velitas. Parece que el frío se detuvo por un instante, la oscuridad
retrocedió ante aquella luz cálida. Alguien murmuró: —“Miren… quizás el bosque
quiere iluminar nuestras vidas.”
Y entonces, como si el árbol hubiera tocado sus corazones, comenzaron a
sonreír de verdad. El ánimo cambió como cambia el aire cuando llega la
primavera. Cantaron, compartieron lo poco que tenían y se abrazaron con fuerza.
El árbol no solo iluminaba la nieve: iluminaba sus pensamientos e inspiraba sus
ideales.
Así fue como aquel abeto adornado se convirtió en el centro de una fiesta
inesperada. Desde entonces, cada diciembre los habitantes de tal lugar repitieron el gesto:
adornaban un árbol para recordar que la oscuridad nunca vence del todo, y que
la esperanza, cuando se celebra, se convierte en alegría compartida. Porque el
invierno representa un final, sí… pero decía el abuelo: -"El árbol de las tierras del Ártico
recuerda que todo final es también un comienzo. En medio de la estación fría y
de noches interminables, el árbol de Navidad se convierte en una lucecita que
susurra: “Aguanta… después de la noche larga siempre regresa el día, y después
del invierno, la primavera llega cálida, radiante y viva.”
Entonces, aconsejaba el abuelo: -"Cada año cuando encendemos el árbol de Navidad no tratamos de adornar un objeto vistoso para presumirlo en las redes sociales,
sino de levantar un símbolo capaz de unir y alegrar a la gente, iluminar su corazón,
su fe, su esperanza y la promesa de que un nuevo ciclo está por comenzar, con
nuevas oportunidades."
Hoy nos reunimos en la memoria para hablarte con sonrisas y gratitud. No queremos que el recuerdo se vista de tristeza sino de ánimo, porque tu vida fue un camino sembrado de enseñanzas y de paciencia. Nos mostraste que la unión es más fuerte que cualquier adversidad, que la educación abre puertas invisibles y que la serenidad es la clave que resuelve problemas.
En esta familia nos sentimos orgullosos de ser parte de tu historia, de haber aprendido contigo lo que es la ayuda mutua, la confianza y la alegría compartida. Cada paso que diste como padre y como profesor nos dejó huellas que hoy seguimos con entusiasmo, convencidos de que tu legado no se apaga, más bien se multiplica al recordarte.
Hoy te celebramos con entusiasmo, con esperanza y con la certeza de que seguimos escuchando tus ideas y consejos, que tu voz sigue viva en nuestras decisiones y en nuestros abrazos.
¡Bienvenido en este día de todos los santos, querido Papá Arturo!
Desde tiempos antiguos, diversas culturas alrededor del mundo han atribuido a los animales —especialmente a aquellos que fueron compañeros cercanos de los humanos— un papel trascendental en el tránsito hacia el más allá. Por ejemplo, en las tradiciones chamánicas siberianas se cree que ciertos animales actúan como psicopompos, es decir, guías de almas que conducen a los difuntos hacia el mundo espiritual. En el antiguo Egipto, los gatos eran considerados protectores del alma en su viaje post mortem, y Anubis, el dios con cabeza de chacal, era el encargado de pesar el corazón del difunto y guiarlo en su juicio final. Dentro de la tradición budista se cree que los animales pueden reencarnar como humanos y viceversa, lo que refuerza la idea de una conexión espiritual profunda entre especies. Estas creencias reflejan una visión mística y simbólica del vínculo humano-animal, donde la muerte no rompe la relación, sino que la transforma en una alianza espiritual para el tránsito hacia lo eterno.
La celebración del Día de Muertos en México es una manifestación cultural profundamente arraigada que entrelaza elementos indígenas y católicos, donde la muerte no representa un final, sino una etapa más en el ciclo de la existencia. Esta veneración que relatábamos en el post de “Los Gigantes y el Culto a los Muertos de los Antiguos Mixtecas”, tiene raíces ancestrales que vinculan el fallecimiento con el retorno a un origen, dentro de una cosmovisión que honra la memoria y el tránsito espiritual como parte de un equilibrio natural.
En la cultura prehispánica se creía que los xoloitzcuintles desempeñaban un papel esencial en el viaje de las almas hacia el Mictlán. Esta raza canina, originaria de México y con más de 3,000 años de historia, era considerada el guía principal de los muertos. Según la mitología mexica, el alma del difunto debía atravesar nueve niveles para llegar al Mictlán, y uno de los desafíos era cruzar el río Apanohuacalhuia vigilado por el monstruo marino Xochitonal. Para lograrlo, necesitaba la ayuda de un xoloitzcuintle, quien decidía si el alma era digna de ser guiada, dependiendo de cómo había sido tratado en vida. Por ello, este canino no solo simbolizaba compañía, sino también protección espiritual.
Hoy en día, esta cosmovisión se ha ampliado para incluir a todos los animales que fueron compañeros de vida —perros, gatos, aves, reptiles, entre otros—, reconociéndolos como seres espirituales que acompañan y esperan a sus dueños en el más allá. Se ha extendido la creencia de que las mascotas fallecidas también van a un paraíso, donde aguardan con amor y fidelidad el reencuentro con sus humanos.
Tal idea se refleja en las prácticas contemporáneas del Día de Muertos, pues mchas familias colocan figuras de xoloitzcuintles en sus altares, junto con juguetes y alimentos para sus mascotas fallecidas, reafirmando que los vínculos afectivos con los animales no se rompen con la muerte, sino que perduran. La película Coco de Disney-Pixar popularizó esta creencia al presentar a Dante, un xoloitzcuintle que acompaña al protagonista en su travesía por el mundo de los muertos. En el filme, Dante se transforma en un alebrije, criatura fantástica que en la tradición mexicana representa un espíritu guía. Aunque los alebrijes no tienen origen prehispánico, su inclusión como entidades espirituales refuerza la idea de que los animales pueden ser mediadores entre el mundo físico y el metafísico.
Desde una perspectiva antropológica, esta narrativa refleja una visión animista del mundo, donde todos los seres vivos comparten una esencia espiritual y pueden interactuar más allá de la muerte. El papel del xoloitzcuintle como guía del alma muestra cómo la cultura mexicana otorga agencia espiritual a los animales, reconociéndolos como parte integral del tránsito hacia la eternidad. Así, las mascotas no solo acompañan el alma en su viaje, sino que también representan la promesa de un reencuentro lleno de ternura en el universo eterno de los recuerdos y el amor
Durante el 23er Festival Internacional de Cine de Morelia la marca Victoria patrocinadora del evento presentó un cortometraje titulado “¿A ti quién te espera?”. Se trata de una narrativa animada pero especialmente conmovedora en la que un hombre fallece y al llegar al más allá, es recibido por su perro, quien lo acompaña en su tránsito espiritual y al reencuentro con los suyos que se adelantaron en el camino de la vida. El video difundido inmediatamente a través de las redes sociales como una campaña publicitaria institucional, se inspira en la creencia prehispánica del xoloitzcuintle como guía de almas, y lo representa con una sensibilidad moderna y emocional. La historia no solo honra la tradición mexicana, sino que también resalta el amor incondicional entre humanos y mascotas, mostrando cómo ese vínculo puede continuar más allá de la vida terrenal.
El contenido del video conecta profundamente con las emociones de los mexicanos, quienes ven en sus mascotas no solo compañía, sino familia. En el contexto del Día de Muertos de 2025, donde se honra la memoria de los seres queridos, este cortometraje evoca la nostalgia, el amor y la esperanza, recordándonos que nuestros animales también nos esperan en el más allá. Es una representación visual poderosa de cómo la cultura mexicana abraza la muerte con ternura y espiritualidad.
Ver “¿A ti quién te espera?” es más que disfrutar una producción audiovisual: es una oportunidad para reflexionar sobre el amor que damos y recibimos de nuestras mascotas. Por eso, en este posteo invito a mis lectores a verlo con el corazón abierto, recordando a todas las mascotas fieles que nos acompañaron en vida y que, según la tradición, nos esperarán para guiarnos cuando llegue nuestro momento. Es un homenaje que merece ser visto con atención, mucho respeto y bastante cariño.