del Profr. Arturo Rosales Toledo


agosto 27, 2025

La historia de Troclo


Cada anochecer de la primavera de 2025, cuando regresaba a mi casa allá en Huajuapan de León, veía sobre los techos una pequeña silueta que, con el paso de los días, terminó formando parte del paisaje cotidiano. Era un gatito que vivía entre los tejados de las casas cercanas. Lo observaba caminar sigilosamente por las bardas, equilibrándose con una facilidad admirable, como si aquel mundo elevado le perteneciera por completo, como si conociera cada rincón de ese reino de azoteas que para uno resulta inaccesible.

Durante mucho tiempo fue solamente eso: una presencia distante que aparecía y desaparecía entre los techos.

Hasta que un día lo vi más cerca.

Sucedió que bajó por el árbol de mi jardín y se me acercó con cautela y curiosidad. No se lanzó hacia mí ni buscó confianza inmediata. Simplemente avanzó hasta una distancia prudente, se sentó y soltó algunos maullidos suaves. Después se quedó observándome. Así lo hizo varias veces, incluso ronroneaba bajito, como si quisiera decir algo, pero todavía no encontraba la manera de hacerlo.

Lo curioso fue que, poco a poco, empezó a reconocerme.

Cuando escuchaba mi auto llegando a casa, se aparecía. Parecía estar familiarizado con los ruidos de mi llegada y por eso verlo surgir entre los tejados ya era una rutina. Cruzaba rápidamente las bardas, saltaba de un techo a otro y venía hacia donde yo estaba. Al principio solo lo observaba y lo dejaba ser. Después empecé a hablarle, así, normal, como uno le habla a cualquier animalito. Y poco a poco el gatito fue tomando confianza.

Las siguientes veces ya no se quedaba tan lejos de mi. Se acercaba más, ronroneaba con tranquilidad y permanecía a mi lado durante largos ratos. Entonces empecé a dejarle un poco de alimento cada tarde. Él correspondía a su manera: se restregaba en mi pierna y levantaba la cola con satisfacción. Eran gestos simples, casi insignificantes para cualquiera que los viera desde fuera, pero que terminaban alegrándome el día. Poco a poco sentía que aquel pequeño visitante ya no solo sabía quién era yo; también había decidido confiar en mí.

Sin embargo, yo viajaba con frecuencia. Por eso llegó un momento en que me preocupó que dependiera demasiado de mi presencia. Pensé que no sería justo para él. Así que opté por dejarle comida disponible incluso cuando yo no estuviera en casa. Me tranquilizaba imaginar que, aunque yo estuviera lejos, al menos encontraría algo para comer cuando regresara a buscarme.

Pasaron las semanas y comenzó a intentar entrar a la casa.

Al principio no se lo permitía. No sabía bien qué hacer y tampoco quería acostumbrarlo a algo que quizás no podría sostener en el tiempo. Pero insistía. Nunca de manera agresiva; simplemente se acercaba a la puerta y buscaba cualquier oportunidad para colarse, como si quisiera decirme que ya no se conformaba con los jardines y los patios, que deseaba formar parte de algo más.

Después de varios intentos, un día lo dejé entrar. Y desde ese momento todo cambió.

Apenas cruzó la puerta y comenzó a seguirme por todos lados. Recorrió la casa con curiosidad, inspeccionando cada rincón, pero sin perderme de vista. Caminaba detrás de mí con total confianza. Si yo me detenía, él también. Si avanzaba, venía nuevamente a mi lado. Parecía estar descubriendo un lugar nuevo y, al mismo tiempo, asegurándose de que no iba a perder a la persona que le había abierto la puerta.

La tercera vez que entró descubrió mi cama. Se subió con toda naturalidad, empezó a restregarse contra las cobijas, dio algunas vueltas sobre sí mismo y terminó acomodándose como si hubiera dormido ahí toda la vida. Intenté ponerle un tapete para que tuviera su propio espacio, pero no hubo caso. Él prefería estar cerca, muy cerca. Repegado. Buscando compañía.

Fue entonces cuando entendí algo. No estaba entrando por curiosidad. Me estaba adoptando.

Su comportamiento era demasiado claro: amistoso, confiado, insistente. Cada visita parecía una nueva negociación silenciosa en la que me decía: “Aquí estoy. Puedo quedarme si tú quieres”. Y la verdad es que terminó ganándome la voluntad. Sin darme cuenta, aquel gatito de los tejados se había ido abriendo por si mismo.

Cuando ya era evidente que el pequeño visitante había decidido quedarse conmigo, todavía faltaban varios requisitos para formalizar su llegada a la familia: la aceptación del resto de la casa, la autorización de mis tres "perrijos", la revisión de rigor con el veterinario y, por supuesto, darle un nombre.

Mi hija propuso llamarlo Patroclo, como el héroe griego primo de Aquiles. El nombre sonaba fuerte, antiguo y hasta elegante. Pero con el tiempo, como suele ocurrir en las familias, el nombre terminó transformándose por obra de los apodos. Y así, poco a poco, Patroclo pasó a ser simplemente "Troclo".

Hoy, cuando lo veo juguetear tranquilamente en la casa, me resulta difícil creer que alguna vez fue aquel pequeño habitante de los tejados al que observaba desde lejos. Troclo ahora vive como el auténtico dueño del hogar. Tiene techo, cama, comida, compañía de sobra, un ropaje que lo distingue y una familia que lo quiere profundamente.

Mis hijas le consienten sus antojos, especialmente los churus de salmón, y él los disfruta con absoluta naturalidad, como si siempre hubiera sido así, como si nunca hubiera conocido otra vida.

A veces, cuando lo veo descansando cómodamente o caminando con esa seguridad que solo tienen quienes saben que están en casa, recuerdo aquellas tardes en que lo observaba recorrer los techos al caer el sol. Entonces no puedo evitar sonreír al pensar que todo comenzó con una simple silueta en una azotea.

Y por eso, sin exagerar, puedo decir que Troclo no solo terminó siendo parte de la familia. De alguna manera, eligió a esta familia para ser la suya. Y hoy es, indiscutiblemente, el verdadero rey de la casa.


0 comments:

Publicar un comentario

Gracias por escribir y compartir sus comentarios

Nido de Ideas, introducción de mi libro

Videoclips de la Música Más Hermosa del Mundo

Lo más leído