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Desde un principio estaba allí, antes de que tuvieras un nombre.
Antes de que la luz rozara tus ojos.
Antes de que el tiempo comenzara a contar tus días.
Y yo estaba desde esa vez que todavía pertenecías al silencio de lo desconocido.
Cuando eras una promesa dormida, una semilla invisible, un misterio que aún no había aprendido a llamarse existencia.
Fui la presencia silenciosa que aguardaba detrás de tu primer latido.
Entonces naciste.
Y el mundo se abrió ante ti como un libro cuyas páginas no sabías leer.
Observaste la luz sin comprenderla.
Escuchaste voces antes de conocer las palabras.
Recibiste abrazos antes de entender el amor.
Percibiste el calor de unas manos protectoras, el refugio de una mirada, la seguridad de un pecho que te acunaba.
Aprendiste que el agua suena.
Que la lluvia tiene aroma.
Que las hojas conversan con el viento.
Que las mariposas recorren continentes con esfuerzo.
Y yo estaba allí, presente en tu asombro.
Porque quienes llegan al mundo todavía conservan algo del misterio del que proceden.
Después creciste.
Y comenzaron las preguntas.
Sentiste una inquietud sin nombre.
Sentiste emociones demasiado grandes para la estrechez de tus explicaciones.
Creíste que nadie comprendía lo que ocurría dentro de ti.
Creíste que tus dudas eran únicas.
Miraste horizontes lejanos.
Observaste caminos desconocidos.
Escuchaste el llamado de sueños que aún no sabían convertirse en destino.
Y mientras te buscabas y te definías, yo caminaba junto a ti.
Estaba en las noches silenciosas.
En las estrellas que contemplabas.
En las ilusiones que te invadían.
En la sensación inexplicable de pertenecer a algo inmenso y diferente.
Más tarde descubriste el amor.
Descubriste la amistad.
Descubriste la alegría de ser alguien, ser esperado y respetado.
Sonreíste.
Hablaste contigo horas, como si las palabras pudieran orientar definitivamente tu destino.
Te animaste, escuchaste canciones que parecían escritas para tu propia historia.
Pero supiste que un comentario, o una mirada era capaz de influir en tu camino.
Sin embargo, probaste la emoción de lo nuevo.
Oliste la cercanía de mejores días, interminables y esperados.
Viviste con la esperanza de un mañana que llegaría con las manos llenas.
Y quizás no supiste, pero yo estaba allí.
En el temblor de un encuentro.
En el silencio antes de un beso.
En la esperanza que convertía cada amanecer en una promesa.
Luego aprendiste a trabajar y tener que construir proyectos como ideas, propuestas y metas.
Aprendiste a elegir.
Aprendiste a sostener el peso de tus decisiones.
Creíste comprender el mundo.
Creíste que el tiempo obedecía a tus planes.
Construiste certezas.
Construiste responsabilidades.
Construiste refugios para quienes amabas.
Viviste persiguiendo metas, atravesando días, levantando historias.
Y mientras corrías detrás de los años, yo permanecía cerca, esperando que recordaras aquello que nunca había dejado de acompañarte.
Entonces comenzaron los cambios.
Los rostros cambiaron.
Las voces cambiaron.
Los caminos cambiaron.
Sin notarlo, también cambiaste, y al mirar el tiempo ido, añoraste.
Recordaste manos que te guiaron.
Recordaste personas ausentes, que te conocieron.
Recordaste risas que te alegraron.
Descubriste que muchos de los momentos más importantes de tu vida, pasaron inadvertidos mientras sucedían.
Comprendiste que la felicidad solía esconderse en lo sencillo.
En una conversación.
En una tarde cualquiera.
En una mesa compartida.
En una presencia amada.
Y yo estaba allí.
Porque la nostalgia te invadió.
Porque observaste cómo el tiempo transformó todas las cosas.
Observaste flores marchitarse, arboles secarse.
Observaste hogares quedarse en silencio y el animo derrumbarse.
Observaste fotografías convertirse en ventanas de otros años.
Miraste ausencias ocupar lugares conocidos.
Escuchaste cómo algunos nombres eran pronunciados cada vez con más ternura.
Y lloraste.
Lamentaste por quienes partieron.
Lamentaste por aquello que no volvería.
Lamentaste por los abrazos perdidos, por las voces apagadas, por los días que fueron.
Y yo permanecí contigo.
Estuve en cada recuerdo.
Estuve en cada lágrima.
Estuve cada vez que pudiste sonreír.
Estuve en cada intento de comprender por qué el amor continúa existiendo, incluso cuando aquello que ama ya no está presente.
Con el paso de los años, hablaste menos y observaste más.
Miraste el mundo con otros ojos.
Escuchaste en silencio y aceptaste sin protestar.
Comprendiste que no todas las preguntas pueden ser respondidas, ni todos los problemas serán resueltos.
Comprendiste que la sabiduría no consiste en poseer certezas, sino en convivir con el misterio.
Entonces observaste tu propia vida como quien contempla un río.
Y viste el recorrido completo.
Naciste.
Aprendiste.
Creíste.
Viviste.
Sentiste.
Descubriste.
Sonreíste.
Lloraste.
Recordaste.
Comprendiste.
Te resignaste.
Y al contemplar todo aquello, percibiste algo más.
Supiste que nunca habías estado solo.
Porque he sido el asombro.
He sido la nostalgia.
He sido la intuición.
He sido la emoción profunda que ninguna palabra alcanza a explicar.
He sido la pregunta que permanece cuando envejecen las respuestas.
Soy la presencia oculta que acompaña el nacimiento, el amor, la despedida y la memoria.
Soy el misterio que habita en los sueños, se manifiesta entre la vida, la muerte y el espíritu.
Y cuando llegue tu último atardecer, también estaré allí.
No para ofrecerte certezas.
No para prometerte respuestas.
No para revelarte aquello que ningún ser humano ha podido conocer completamente.
Estaré allí como estuve al principio.
Acompañando tu paso de regreso a lo desconocido.
Porque así como naciste del misterio, volverás a encontrarte con él.
Entonces comprenderás que nada verdaderamente amado desaparece sin dejar huella.
Que cada gesto continúa su viaje.
Que cada enseñanza sigue respirando en otro corazón.
Que cada acto de amor permanece más allá de los años.
Y tú serás un recuerdo.
Serás historia.
Serás presencia en la memoria de otros.
Serás una luz silenciosa viajando por caminos que nunca llegarás a conocer.
Y yo seguiré aquí.
Porque estaba antes de ti.
Porque estuve contigo.
Porque sigo a tu lado.
Porque seré después de ti, aquello que percibiste sin reconocer.
Aquello que sentiste sin comprender.
Aquello que buscaste sin saber su nombre.
Una presencia invisible que acompaña todas las edades del ser.
La que habita el asombro del nacimiento, la inquietud de la búsqueda, la pasión del amor, la serenidad de la memoria, la humildad ante la muerte y la inmensidad de lo desconocido.
Soy una Vida Etérea.
Invisible ante tus ojos.
Innombrable ante tus certezas.
Presente en tus preguntas.
Y eterna en el misterio que envuelve tu existencia de este presente, y de tu futuro material o espiritual.
Ethereal Life: New Age
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